El Roto de hoy
Al oír a este señor, he recordado a don Inocencio nadando al tiempo que sibilinamente guarda la ropa. Bien decía Ricardo Gullón que ciertos personajes de Doña Perfecta guardan en sus corazones la más acendrada tradición del reaccionarismo español:
[...] mi labio no os incitará a la pelea. No lo ha hecho nunca ni ahora lo hará. Obrad con arreglo al ímpetu de vuestro noble corazón. Si él os manda que os estéis en vuestras casas, permaneced en ellas; si él os manda que salgáis, salid en buen hora. Me resigno a ser mártir y a inclinar mi cuello ante el verdugo, si esa miserable tropa continúa aquí. Pero si un impulso hidalgo y ardiente y pío de los hijos de Orbajosa contribuye a la grande obra de la extirpación de las desventuras patrias, me tendré por el más dichoso de los hombres [...].
A día de hoy, también nos piden que mostremos lo que tenemos en el corazón. Si Galdós levantara la cabeza, el pobre.
a
¿Pero quién coño es el cerebro privilegiado al que se le ha ocurrido montar un musical sobre Ana Frank? ¿Alguien me cuenta a qué queda reducido el Holocausto en todo esto?
a
Encuentro en El Danubio de Claudio Magris la definición más oportuna de la última novela de Martín Garzo: un "poetización de la actividad gonádica", o parafraseando al triestino, y si la memoria no me traiciona, convertir las urgencias del bajo vientre en suspiro trascendental. Para atenerse más al caso concreto de Mi querida Eva, justificar el polvo de una noche con buenas dosis de mitología edípico-bíblica.
Teniendo en cuenta, además, que el congresito donde tengo que hablar de semejante engendro sentimental es producto de esa histeria eyaculadora (¿así la califica exactamente Magris?) con que la cultura produce eventos completamente irrelevantes, y que mi aséptico análisis de los motivos mitológicos empleados en la novela (la cobardía puede tomar tantas formas) la va a hacer parecer más de lo que es; considerando todo eso, digo, me dan ganas de llevarme la cafetera de M. y reciclar sus cansados materiales en un acto de verdadera incidencia cultural.
¿O será que yo también utilizo el discurso crítico para encubrir la elementalidad de mi pereza?
Si yo pudiese ser jardinera...
Pero qué abandonada me tengo, por Dios. Si ya lo decía Freud: sexo y cultura... (hasta la sepultura, ¡ja, ja!).
No, de veras, pongámonos serios. Con la de cosas que se me ocurren y que dejo por ahí tiradas, sin concederles más que un breve rumiar desidioso. Y con la de dibujitos de Gurb que no he comentado todavía.
No sé si como Apeles (y menos ahora que tengo que dedicarme a esta elucubración teórica sobre Adán y Eva, la novela española y la mare que els va parir a tots; quién me mandaba a mí encargarme de este rollo en plena crisis vocacional, si yo lo que quiero ser es jardinera), pero igual que he vuelto a regar las plantas de la ventana, habrá que tomar alguna medida drástica para que vuelva a fructificar con abundancia este parterre.
A partir de hoy, abstinencia.
Contra Pasavento, Todorov.
... de la Internés, Timofónica, el ADSL, las dos horas hasta Castelldefels y mi contractura muscular.
Joé, que cuando la vida se pone de canto...
Ese espacio al que en virtud de las brillantes fantasías no se le otorga mirada suficiente, y que sin embargo contiene con paciencia una luz que no nos expulsa y que permite existir todo aquello --lo único-- que tenemos, ofrecido silenciosamente en su más honda pobreza: la de lo frágil y lo escaso, que son atributos de lo maravilloso.
Nicolas de Staël, Salinas, 1954.
Mientras recorro la sala de exposiciones, me digo que los experimentos espaciales de Nicolas de Staël los practicó Maria Helena Vieira da Silva con más hondura y, sobre todo, obteniendo de ellos una capacidad de fuga desde lo plástico hacia la reflexión existencial que no encuentro en el ruso. Me digo, también, que esa búsqueda del trazo esencial que vertebra un paisaje y que contiene potencialmente todas sus variaciones se encuentra ya en Turner (y no, no ignoro que un día sobrevino el cubismo), y creo concluir en que no tiene objeto explorar donde otros ya han encontrado (sobre todo si lo que quiera que sea lo han encontrado mejor). Pero viendo los cuadros de Agrigento --ese trabajo tan sereno para encontrarle la médula al paisaje, esa habilidad para que el corazón del espacio sea un color--, vuelvo sobre mis pasos y pienso que por qué no: que al fin y al cabo, quién a estas alturas cree que puede encontrar nada nuevo (ni quién después de la cultura griega, posmoderna estoy, vive Dios), y que sabiendo eso, lo mejor es darle algo con que jugar a la cabeza, hasta que esta decida abandonar su entretenimiento.
La de Nicolas de Staël decidió dejar la partida en 1955.
... y sin vender una escoba. Si me descuido, hasta se me olvida cómo entrar en el administrador de este bicho.
Lo peor es que después de tanto tiempo, tocaría un post largo y socarrón, como siempre que he perdido ligeramente el oremus; pero a decir verdad, mi cabeza está tan empantanada que no sé si podré sacar algo en claro del cenagal (Marina: para encontrar algo no queda más remedio que meter los pies en el barro, siempre con el riesgo de que lo único que obtengas sea fango). Entre mi enorme capacidad para la procrastinación (otra marinada), mi pereza irreductible y mi miedo a no poder enhebrar los fragmentos con una puntada que sea tan ágil como suficientemente caótica y secretamente ordenada, me he pasado dos horas (si no días) deambulando por casa (si no por esta Barcelona de nuestras servidumbres) para ramonear inútilmente mis penas antes de atreverme con la vuelta al blog. En fin, más me hubiese valido irme a la playa o comenzar a releer Castilla, sacarme de las arenas movedizas tirando de mi propia coleta (el barón de Münchhausen dixit) y escapar a la desidia --viscosa y tentacular cual monstruo del pantano-- a la que me he abandonado tras acabar los exámenes. Porque sea a causa de una arraigada y tortuosa culpabilidad del becario (todo profesor no es más que un pequeño y atemorizado becario que sigue alimentando en algún rincón de sí mismo el pánico que le acometiera cuando entró por primera vez en el despacho de su director de tesis: sí, incluso Dios), sea porque la ociosidad conduce indefectiblemente a la melancolía (esto me pasa por tomarme a pecho a Robert Burton), mi veraniego estar sin hacer nada desemboca casi siempre en tormentas mentales donde cualquier pequeñez alcanza la condición de rayo que me parta en dos: apunté con mi piedra, mas yo misma fue todo lo que cayó. Es por eso que mi loquera, después de alinearme los chakras --acepto ser el objeto de su ciencia mágica con dosis iguales de curiosidad, escepticismo y asombro--, me pone como deberes planear por completo la temporada 2007-2008.
Lo cual me recuerda que cuando era niña y los proyectos surgían comodamente del colegio, todo era más fácil. También yo estaba más entera y parecía poseer un centro firmemente prendido a sus solos placeres: tebeos, tebeos y libros de texto; no hubo otra edad en la que tan perfectamente y con indiferencia absoluta de todo lo demás, un tebeo y yo formásemos un universo suficiente (así fue como conocí la jouissance del texto, mal que les pese a Harold Bloom y a George Steiner). Ocurre, además, que soy como el asno de Buridán, y que en cuanto decido preparar las sesiones para el curso de Doctores, recuerdo que también podría seguir la abandonada lectura de Alejandra Pizarnik --por no hablar de mi pobre e intrincado Celan, de Cernuda, de la Dickinson, de Hierro, de Juan Ramón--, o emprender la de Ana Karenina, o modificar el programa de Literatura III y darle unos toquecitos por aquí y por allá, o meterme en el Archivo Histórico y someterme a su tortuoso sentido de la biblioteconomía con el objeto de reunir los materiales necesarios para el congreso de noviembre (dudo que el fin justifique los sacrificados medios), o regar mis irregularmente cuidadas plantas, o comprar un plano de París y comenzar a trazar itinerarios con tanta minuciosidad y expectativa como cuando preparé mi viaje a Lisboa, o darme de baja en la piscina (primer premio a la estupidez: hace un año y medio que pago y no voy), o llevar a arreglar los pantalones, o escribir un post, o volver a montar, lijar y guardar esas cajitas con las que a veces (y todavía) me entretengo, o incluso --ábrase la tierra, estremézcanse mis medulillas-- librarme definitivamente de la tesis (grandes carcajadas entre el auditorio). De modo que al final no hago ninguna de esas cosas, y la voluntad me acaba por abocar al primer capricho dulcemente improductivo que se pone a su alcance (el viernes por la mañana en casa de M. me leí todos los chistes de Humor de combate).
Pero me voy por las ramas (y no, dos semanas de navegación inmoderada no pueden quedar impunes: comienzo a ser presa de una adicción internáutica que amenaza con acabar para siempre con las pobres ruinas de mi atención). Hablaba de puntada ágil, de ritmo, de vértigo, de un totum revolutum sabio como enumeración caótica en prosa barroca (a mí que me fascinaban las de Borges, y resulta que las de Robert Burton no tienen nada que envidiarle), de un texto con masa gravitatoria, capaz de atrapar en su órbita --precaria y extraviada y descompuesta-- el cúmulo de sucesos que han llenado este último mes y poco. Siempre me ha producido perplejidad el modo promiscuo y abigarrado en que los hechos, las lecturas y los sueños tienen lugar, y la dificultad de este juego probablemente inútil (pero tan aliviador, ya lo decía Onetti) radica precisamente en eso, en perpetrar el inventario sin el pudor al que ni los mismos hechos se atienen. La dificultad, también, es que como una se escantille, puede acabar adoptando el alegre desparpajo con que los telediarios pasan de la noticia sobre el atentado a la sonriente presentación de los deportes, cuando no a Ariel lava más blanco y a su momento All-Bran de felicidad intestinal. Y no obstante, de qué otra manera salvar los restos cuando ya lo son, cuando no poseen aquella integridad que les daba el presente y que los hacía merecedores de una mirada que no se les concedió (la pereza, en ese caso, fue pecado capital). No hay más remedio entonces que encomendarse al tono y embridar con él la perorata. Cómo imantar si no al mismo párrafo las clases de samba (es como si desapareciera, o como me secreteó un día V., la danza es cosa de dioses), los obligados vaivenes de Gurb en su puesto de trabajo (histeria, pisotón y compañía: pero ahora se va a enterar el planeta, que eso sí es autoridad, y no lo que yo ejerzo durante las revisiones de exámenes), el dickinsoniano modo de acertar como un dardo y al mismo tiempo con tanto silencio en el el minuto 13, y sin solución de continuidad --chirriando al rozarse con los brotes nuevos de mi Zygocactus: cómo, cómo pueden ocurrir esas dos mismas cosas en el mismo mundo-- la muerte del padre de N. (como si la vida hubiese decidido acabar pronto y mal con la sucesión de pérdidas a la que todos estamos sometidos), o esas terribles fotos de los esclavos liberados en China (de qué modo encantadoramente cíclico ve el neoliberalismo repetirse la Historia: el exabrupto amargo de Léon Bloy según el cual los negocios son el único esplendor al que debemos sacrificar la vida --y, sobre todo, la vida de los otros vuelve desde el Manchester decimonónico para iluminar el Shanxi del siglo XXI, paradigma completo del progreso cual mandala en que se compendia todo el universo capitalista; el dinero decide limpiamente (non olet) qué países van a reequilibrar los costes de producción de Occidente, y las sucias consecuencias estigmatizan el cuerpo del otro, y además les organiza el chiringuito el hijo de un comunista, oh milagro de conversión religiosa, es cierto entonces que acabó la Historia, alabado sea el Señor). Pero hay más: el chinche vociferoz con su monotema, su anatema y su dilema (uys, perdón, se nos olvidó que nosotros tenemos un Yakolev en la trastienda), los irritantes cambios de temperatura de este julio en que no acaba de estallar el calor insoportable que nos han anunciado (a estas alturas del concierto ya debería saber que a los meteorólogos, ni caso), la sorda iracundia que me provoca esa oda a la irregularidad y el despiporre que todos los días decide elevar TMB por encima del subsuelo (he aquí el vínculo entre la nostalgia del cielo, el transporte público y la psicopatía en las sociedades contemporáneas), el contumaz --e irreductible a indiferencia-- deseo de mi madre de compartir conmigo sus múltiples intereses decorativos y cosméticos, la cortina de la habitación de M. columpiada a los compases de la luz y el aire, la diferencia de graduación entre mi termostato natural y el de mis padres (aquí estoy, sometida al leve frío del aire acondicionado), don Fito Corleone --a veces las conversaciones llegan a un estado de gracia, y entonces baja el Verbo sobre las cabezas de los conversadores y en el Verbo se halla la risa--, el mimo solícito, tierno y gatuso de Gurb, la contumaz insistencia del PSOE por perseverar en el Mal, las quimios de A., que atrinchera su reserva tras la Playstation para desplegar disimuladamente sus antenas desde la galaxia Rogue y atender a todo lo que no parece atender en un lejano hospital de la Tierra, y la espalda de M., arena que ondea bajo cada respiración, territorio tan cálido hallado en la travesía del sueño, o cómo decir lo que los dedos saben.
En fin.
Quizá, de todas maneras, rescatar aquí los retazos sea tan pecado capital como no hacerlo (vanidad de vanidades: todo es vanidad y persecución del viento); pero como la máquina infernal no descansa, y si no trabaja para componer, lo hace para destruir, mejor echar mano de Burton y darle material a su jugueteo voraz con el mundo, no sea que de otro modo acabe abocada a una de mis murrias. Escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía: Onetti también conocía esa clase de juego, y como decía el psicoanalista, el niño juega en espera de la madre, el hombre juega en espera de Dios; así que no me sustraigo a mi naturaleza, y en tanto llega el sentido (de cuya falta alertaba el aparatito científico mágico de L.), me dedico a entretener los días con un poco de verborrea.
Con eso, o con otro tanto de Bebel, que me cierra los ojos y me acalla las voces.
G.: --¿De quién es esa música?
M.: --Es Mozart. ¿Por?
G.: --Hace que todo parezca estar en su sitio.
Afuera el patio respira en calma, como si los tejados y las ventanas iluminadas hubiesen llegado a un acuerdo.
A un acorde, quiero decir.
Pues claro: ¿quién lo duda? Cualquier ser vivo que para permanecer sobre el globo haya logrado evitar el farragoso equívoco de la cultura es evolutivamente superior al hombre. Si ya lo decía Larra...
P.: --¿De dónde ha sacado esto?
L.: --Pues de una tienda de Zurich. Aquí está el ticket.
P.: --Esto se tiene que quedar aquí.
L.: --¡Pero si es queso!
P.: --Se tiene que quedar aquí.
L.: --Pero...
P.: --Mire, señora: esto tiene la misma consistencia que la Goma-2.
En el aeropuerto de Zurich, a propósito de un queso untable.
Bien decía Voltaire que si no existía Dios, había que inventarlo para tener bajo control a mujeres y criados. La Ilustración española, ducha en moderaciones por la cuenta que le traía, también afirmaba que era necesario no extender ciertas verdades entre el vulgo; pues sin formación suficiente para asimilarlas correctamente, el pueblo podía tomar el rábano por las hojas y armar una revolucioncita. Qué no hubieran dado los eximios representantes de las Luces por legitimar su recato ideológico poniendo como ejemplo las revueltas en la banlieu de París o los suicidios aniquiladores del fanatismo islámico: y claro, a quién se le ocurre insuflar la liberté-egalité-fraternité en las cabecitas de quienes nunca tendrán medios para ejercerlas; a qué llevar el cibercafé hasta el corazón de la pobreza. Luego uno se entera de que otros viven mejor, y pasa lo que pasa.
En el fondo, unos y otros (y Larra, ahora que me acuerdo) tenían razón: antes que Internet, una escuela y mucha pasta.
Hace unos años, a propósito de una exposición sobre el harén que se celebraba en el CCCB, estuve preguntándome hasta qué punto las mujeres occidentales no seguían encerradas en el imaginario masculino. Los barrotes, como todos los de este mundo en que han desaparecido los perfiles claros de los responsables, eran simbólicos, invisibles, y por ello más difíciles de señalar. Pero hete aquí que Antena 3 y sus publicistas dan por fin visibilidad a lo que hasta ahora nadie podía ver.
Gran labor social, sí señor.
Durante las clases sobre Onetti, señalo a los alumnos cómo a pesar de ser una novela exenta en la que el segundo nivel de ficción ya se da por supuesto (La vida breve se había publicado en 1950), algún que otro personaje de El astillero tiene sensaciones que implican ese otro nivel ficcional: una mañana, el doctor Díaz Grey despierta y se siente recién depositado en el día que comienza. (Once años antes, Brausen se jactaba de lo inadvertido que permanecía Díaz Grey, mirando el río, sin sospechar que él iba a colocar una mujer frente al doctor de un momento a otro.)
Los juegos de la narrativa contemporánea. Ja.
Paseando junto al Tormes recuerdo a ese Tomás Rodaja que duerme a sus orillas, depositado bajo un árbol al inicio de la narración que está por comenzar, sin sospechar el despertar inminente, sin conocer todavía la mano del criado que habrá de levantarlo a la historia que le espera.
Al llegar al hostal, el recepcionista les propone cambiar el cuarto inicialmente reservado por otro más lejano a la puerta y a los consiguientes jaleos. Cuando suben a la nueva habitación, se encuentran con dos camas. Las unen; pero la juntura entre ambos colchones viene a ser para los cuerpos como la espada entre los de Tristán e Isolda.
a
Gerda se despierta de madrugada; ha sentido frío. Echa mano de la manta que por si acaso descansa junto a la cama, en una banqueta. La despliega y la extiende sobre su mitad. Entonces Kay también despierta. Se le pega al cuerpo, cruza un brazo más allá de su cintura, cubre sus caderas con un muslo.
Hay momentos así, en que el invierno cesa.
a