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aunqueseaceniza

A la musa rogando...

A la musa rogando...

... y con el mazo dando.

Ahora que estoy leyendo a Michel Onfray, me pregunto qué perro sigue mordiendo el corazón de este hijo de húngaro para que a su vez él tenga que hundir sus fauces en carne de cañón. A lo mejor es eso lo que ha intentado averiguar la Reza.

Tiempo recobrado

En una noche de cumpleaños y reencuentros, J. me dice que al acordarse de mí siempre se le viene a la cabeza que él aprobó sintaxis gracias a mi ayuda (y la de J. payasa). Yo no recuerdo siquiera uno de los momentos que supuestamente dediqué a explicarle la teoría generativista del predicativo; por lo que me maravilla encontrar algo mío atesorado en la memoria de otro. Por eso lo recojo aquí: no ya para evitar el extravío --pues nunca estuvo perdido, sino en manos amigas--; más bien para celebrar el modo en que J. me cuidó ese yo durante siete años y me lo devolvió tan crecido de su propia vida.

Yo suscribo

Belén Gopegui lo ha dicho más de una vez: en este país --me temo que en toda Europa-- la izquierda ya no existe, o cuando mucho ha quedado reducida al rincón oscuro de unas pocas mentes que la ocultan piadosamente y casi con vergüenza, como a un hijo ideológico deforme. Botones de muestra --una fábrica de botones entera-- ofrece el PSOE todos los días pese a sus gestos sociales, que aunque enarbolan la bandera de la tolerancia cuando se manifiesta el espantajo del espíritu santo, nada cambian en lo estructural (y es la estructura la que nos aprisiona: por una vez sí, ¡es la economía, idiota!). El PSC, en concreto y para hablar de lo que directamente me aqueja, ha conseguido en el Ayuntamiento de Barcelona un currículum que haría las delicias de cualquier neoliberal. El sueño urbano del último franquismo, convertir la Ciudad Condal en un centro de servicios para el ejecutivo medio europeo, ha tenido su realización a través de manos socialistas, que convenientemente lo han adaptado a los tiempos globales: Barcelona es ahora lugar de circulación idóneo para los movimientos inversores y el estucado arquitectónico al que ha sido sometida --el maquillaje de la puta-- tiene mucho que ver con la necesidad de amoldar la imagen urbana a ese papel y al gusto de sus protagonistas. Los pequeños talleres del Poble Nou, las plazas no urbanizadas (a las que les falte su correspondiente parking subterráneo), las cases de quart de la Barceloneta, son restos históricos demasiado asilvestrados para satisfacer estéticamente al hombre del maletín, incluida su versión turística en formato estudiante universitario de Management y futuro director de vaya usted a saber el qué. (Sobre el plan urbanístico para la Barceloneta, lo juro: una vez fui a cenar al Boliche del gordo Cabrera, y en diagonal a la mesa que yo ocupaba se sentaron dos tipos --del especimen jersey negro de cuello alto y cabellera a lo Garzón-- que no pararon de hablar sobre la ampliación de suelo construido que supondría eliminar las cases de quart y sobre el consiguiente aumento que entonces podría aplicarse a los correspondientes alquileres.)

Parece que me voy por las ramas, como suelo; pero es que en cualquier novela naturalista hay que cuidar la ambientación y los antecedentes. De lo que yo quería hablar es de la ley de educación que nos está preparando Ernest Maragall, y del alarmante desprestigio que últimamente sufre cualquiera que convoque una huelga. Y sin embargo no es casualidad que me haya salido un parrafito como el de arriba: a los personajes hay que conocerlos en su medio, y si encima el medio ha sido creación directa de ellos, ni te digo. Sirva esa entrada como marco que explica muchas otras cosas, como por ejemplo, que no hay que esperar peras del olmo, o que de d'on no n'hi ha, no en raja. A ver si me explico: dudo que los que han propiciado la ruptura del tejido social en los barrios populares abriendo en ellos brechas por las que inyectar dosis de oxigenante clase media tengan intención alguna de darle vidilla a un sistema público de educación que se quiere --aunque lo consigue escasamente, dada la situación en que se encuentra-- uno de los motores de cohesión social en este país. Así que permítaseme que las Bases per a la Llei d'Educació de Catalunya me parezcan un documento sospechoso --cuando menos-- que extrañamente decide cambiar la gestión de los centros docentes y el sistema de incorporación del profesorado por considerar que son esos los factores responsables de la crisis educativa. Ninguna de las 4 leyes a las que los profesores han tenido que readaptarse en un período de 16 años (con la consiguiente carga burocrática: luego los acusan de inmovilismo) han sabido poner el dedo en la llaga verdadera: todas ellas han ido mareando la perdiz con una hora más de lengua o una hora menos de matemáticas; pero ni una ha querido devolverle al profesor el derecho a tener un criterio válido desde el que ejercer su profesión. Ese derecho se lo pasó por el forro la legión de pedagogos que al inicio de la reforma convenció a los docentes de que lo estaban haciendo muy mal, de que el constructivismo debía iluminar sus pasos por la senda de la educación, y de que los alumnos eran tan idiotas como para que el aprendizaje significativo --el único que ha existido en todos los tiempos, por mucho que la psicopedagogía pretenda arrogarse el invento-- tuviese que administrarse en porciones digeribles. Desde que los sacerdotes del constructivismo se apoderaran de la omniscencia divina sobre el funcionamiento del cerebro de los tiernos discentes, los profesores, a los que se acusaba de ser meros transmisores de datos, quedaron reducidos a ser meros propagadores de la doctrina. Y convertirlos en herramienta de las nuevas metodologías fue la excusa perfecta para que la Administración los ignorase olímpicamente; pues desde esa perspectiva no era ya que los centros careciesen de recursos económicos o humanos suficientes para llevar a cabo la reforma con éxito (si es que una reforma centrada en la desvalorización de los contenidos y del saber frente a la insistencia en el "aprender a aprender" puede tener éxito); sino que el problema estribaba en la incapacidad de los profesores para comprender y aplicar los nuevos métodos.

Ninguna ley, repito, de las que han ido sucediéndose desde hace 16 años hasta ahora ha pretendido modificar las bases --tan cómodas para justificar la falta de subvención económica-- del desaguisado educativo. Ninguna ha atendido a las necesidades y las reclamaciones de los profesores. Y mucho menos la que se avecina, que abunda nuevamente en ese deslizamiento de responsabilidades al que me acabo de referir. Pero hete aquí que las Bases de l'Ernest afirman que entre los motivos endógenos de la crisis en educación se encuentra "l'assimilació deficient d'una legislació educativa ni ben entesa ni ben rebuda per part del cos docent". Solo por la desfachatez de esa frase el profesorado entero tendría que haberse echado a la calle. Aunque hay más: resulta que el "model organitzatiu escolar" es tan rígido y pasado de moda --decimonónico, ay--, "que no tradueix l'increment de recursos en resultats suficientment positius". ¡Incremento de recursos! ¡Incremento de recursos! Ay, por Dios, permítanme la carcajada histérica, incremento de recursos, pero qué risa. ¿Qué incremento de recursos? ¿El mismo que tendría que producirse en la universidad pública para que la difusión del tan cacareado método constructivista --en eso se está convirtiendo a efectos prácticos la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior-- no quedase reducida a la pura aplicación voluntariosa de unos cuantos parches por parte de un profesor que hace lo que puede porque no dispone de dos o tres ayudantes que le organicen las sesiones de debate o le hagan el seguimiento de los diarios de reflexión de los alumnos, desideratum de las nuevas metodologías? ¿Incremento de recursos? Se equivoca usted de incremento, mi querido Ernest: el que verdaderamente se ha producido aquí --como en cualquier empresa que se precie, pues todo en nuestros tiempos globales, escuela pública y multinacional, izquierda y derecha, acaba adquiriendo la misma tonalidad-- es el de las funciones del profesorado, que ha tenido que cargar en su fardo la responsabilidad por todo aquel recurso que no ha llegado desde la Administración. Y para que las formas no sigan disonando con el fondo, para que la práctica tenga su plasmación en la ley, la Administración viene a decir ahora que se ha cansado de pagar, y que en aras de la mayor autonomía de los centros, les concede el derecho y "la facultat de contractar els serveis necessaris i més adequats per als objectius que s'hagin marcat". O sea, que si necesitas un trabajador social o un psicopedagogo, te vas al gabinete del barrio y alquilas uno por horas, porque Ensenyament ya no está dispuesto a proporcionártelos.

Para que semejante remodelación del sistema organizativo escolar surta efecto, las Bases prevén obviamente una "professionalització de les direccions dels centres", cuyo margen de decisión se estima ahora excesivamente constreñido por la estructura horizontal que funciona en la actualidad. Al parecer, para meter en cintura al profesorado no ha sido suficiente que Ensenyament presione a la dirección prometiendo recursos en proporción al número de aprobados --saltándose así cualquier consideración que vincule resultados académicos a desestructuración social-- y que a su vez la dirección presione al docente para que cambie sus calificaciones (en cualquier caso, si el suspenso es molesto, el claustro se encargará de ignorar la decisión del profesor y trocarlo en aprobado). No, al parecer eso no basta. El profesorado es turba difícil de domeñar --pese a la docilidad nunca lo suficientemente reprobable con que acogió la reforma--, y por tanto es necesario verticalizar lo que la transición democratizó. De manera que las Bases abogan por una "funció directiva [...] amb unes condicions de treball pròpies i clarament diferenciades de la resta de personal docent", no sea que al director del centro se le ocurra que tiene algo en común con sus subordinados. No sea que comprenda en carne propia su problemática y secunde sus reivindicaciones. No sea que, como a aquel médico que fue destituido de la dirección del CAP del Raval, se le ocurra en algún momento actuar sindicalmente y no cual directivo de empresa.

Si algo alarmante hay que añadir a todo esto, es que las estrategias y las maneras verbales de la socialdemocracia son ya idénticas a las del neoliberalismo: eufemismos aparentemente bienintencionados tras los que se esconden las prácticas reales. Vuelvo aquí a mi introducción urbanística, y hago una relación de ideas digna del aprendizaje significativo: si se traduce "plan de reforma y saneamiento de las viviendas de la Barceloneta" por la conversación que escuché en el Boliche del gordo Cabrera, se tendrá una aproximación de aquello por lo que se pueden traducir las "Bases per la Llei d'Educació de Catalunya". Y si se tiene en cuenta que antes de que salieran a la palestra las dichosas Bases, alguien se encargó previamente de aludir a su necesidad en los periódicos, se entenderá si algo huele a podrido o no en Dinamarca, y desde qué instancias se ha creado un estado de opinión que rechaza la protesta de los docentes. Lo que se ha venido a decir --padres y medios de comunicación-- es que los profesores son unos apoltronados con 3 meses de vacaciones y sueldo vitalicio que no quieren renunciar a unas condiciones laborales privilegiadas. Que la huelga no se ha hecho para reclamar cambios en la educación, sino para defender los salarios de los educadores. Que los profesores se creen los propietarios de la escuela pública. Que han ido a la huelga sin haber pensado siquiera en sentarse a negociar con el conseller (sí, claro, en eso estaba pensando l'Ernest). Que esta ha sido una huelga anti PSOE convocada a tales efectos en época electoral. Ante todo eso, me pregunto dos cosas. Una, en concreto: qué esperanza de ser escuchado debe de tener un sector social al que se le hace caso omiso desde hace más de 10 años, y por tanto, cuál se espera que sea su respuesta negociadora ante una ley que vuelve a silenciar los auténticos problemas. Y otra, más general: qué pasa en las mentes de los ciudadanos para que estos hayan comenzado a creer que el salario no es algo legítamamente defendible en una huelga. Qué es lo que está sucediendo para que, en lugar de reclamar para nosotros mismos unas condiciones laborales superiores a las que tenemos, reclamemos que los que sí las tienen renuncien a ellas. Y por qué no vale ya aquello de que la tierra para quien la trabaja. En fin, a mi marco inicial y aparentemente arbitrario me remito.

Otra cosa es que los sindicatos --que también hablan en izquierda pero viven cada vez más en la derecha-- se hayan apoderado de la protesta porque se les puso la mosca tras la oreja cuando se dieron cuenta de que Ensenyament los había ignorado por completo.

Sea.

Pero esta huelga y muchas como esta debían de estar teniendo lugar desde hace ya 10 años.

 

 

La industria del Holocausto

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Y pensar que a Adorno se le ocurrió cuestionar la posibilidad de escribir poesía después de Auschwitz...

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Los siete locos

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Ya me parecía a mí, medio vagamente, que lo de las células yihadistas era más cuestión de Roberto Arlt que conflicto de Huntington. Y mira por dónde.

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Llamadme párvula...

Llamadme párvula...

 

 

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... pero últimamente este niño me trae de cabeza.

Por sus foros los conoceréis

No quisiera pecar de alarmista; pero últimamente me aqueja la idea de que Europa, que hasta allá por el 42 no terminó de tener claro de parte de quién estaba, no barrió suficiente nazi después de la II, y que tras haber estado reprimiendo sus vergüenzas fascistoides durante décadas, ahora comienza a dar rienda suelta a sus verdaderos instintos. Quería leerme unos cuantos libros al respecto (microfascismos, y a la vez algo de escepticismo ante los escépticos: contradicciones de la posmodernidad, qué le vamos a hacer); pero en lugar de ello estoy llevando a cabo un trabajo de campo en el territorio del menos noble aunque más sufridamente revelador género de la noticia periodística. Desde que se produjeron los últimos altercados en Villiers-le-Bel (había que ver cómo las paredes de los bloques de pisos se convertían en los muros de una prisión vecinal lamida por el paso de los focos policiales) se han desgranado en la prensa una serie de noticias sobre inmigración que me han hecho caer del guindo: no es ya que aspectos nimios de nuestra existencia estén sometidos a diarias, sibilinas e invisibles represiones, no es ya que estemos en la era de lo que el bueno de Deleuze (arrodillémonos, ma non troppo) llamaba microfascismos, no; es que este país es un nido de racistas en el sentido más callejero del término. Y para seguir con géneros asilvestrados, en lugar de encargarle un estudio al CIS para corroborar lo que digo, no hay más que leer las opiniones de las que el personal hace su particular deposición en los foros que siguen a las susodichas noticias (milagros de la era digital: si el padre Feijoo tuvo que publicar 8 tomos de Teatro Crítico Universal para que salieran de sus escondrijos los figurones de la España reaccionaria, a nosotros nos ha bastado Internet para que los que hasta ahora acunaban un tímido brote xenófobo en lo más oculto de sus corazoncitos asomen sus cabezas con la más alegre deshinibición; pero ya estoy mezclando churras con merinas, de modo que sigo por donde iba). Pues eso: no hay más que echar un vistazo a los foros para llevarse las manos a la cabeza. Que vamos a acabar todos con el velo puesto y rezando en dirección a la Meca. Que hemos tolerado demasiado y ahora nos encontramos con las consecuencias. Que lo que hay que hacer es mandarlos a todos a su país antes de que aquí se implante un califato. Que si chusma que si hordas que si chupópteros: mis conciudadanos ya no se cortan.

Lo confieso: he sido una ingenua. Yo creía que esto iba de fuerzas policiales y de grupitos melancólicos (los unos, los otros, aquí y allá). Pero no. Resulta que el lector de La Vanguardia o de El País ve un foro y se desinhibe. Claro, es la época del desparpajo ideológico: ahí está Sarkozy, sin ir más lejos, que ha optado por desacomplejarse políticamente, y que tras llamar gentuza a los que trata como tal, ha decidido cortarse el brazo por lo sano y liderar en Europa la nueva expulsión de los moriscos (es que Sarkozy, últimamente, solo piensa con los brunis, y cómo me río yo, ay, de on m'a dit que nos vies ne valent pas grande chose, qué gran satisfacción me produce, lo reconozco, que la cantautora asistente al concierto contra la ley de inmigración haya dejado de empolvarse la nariz con alternativos cosméticos de izquierda y que haya escuchado por fin la llamada de su vocación auténtica: de la sobria habitación que se asoma al patio de vecinos (cállate, por Dios, le dice el tipo de la velita, que no puedo pegar un ojo), al cochecito ante la alfombra roja, porque tú lo vales). Y cómo aplaudían los foreros las declaraciones de Sarkozy, que va a ser que sí, que es el nuevo intérprete de la voluntad europea toda, que es la boca por la que habla el alma del pueblo, y qué pueblo: desde el entusiasta que pondría a un tirador a intervalos de 50 metros en nuestras líneas de frontera, hasta el racionalista que argumenta sobre cupos y capacidad del recipiente patrio (como Duran, que diu que la gent no se'n va del seu país per ganes, sinò per gana, home de Déu, però que a Catalunya no hi cap tothom: lógica geométrica la del cartel de campaña de CiU). Por no hablar de las razones morales que nos asisten en esta lucha contra la hipocresía y la falsedad, que es que quienes califican de racista la ley de extranjería no son sino apóstoles del error --ay, mi Mauricia, Julia Kristeva no te hubiese inventado mejor--, y quienes se escandalizan de que el personal sea medido en kilos de mantequilla (de la que sobra y se tira para mantener precios altos), unos inocentones útiles, cuando no militantes del peor fariseísmo. Acabáramos.

Pero si es que hasta de buenas intenciones está sembrado nuestro camino hacia el infierno. Para muestra, el botón con que La Vanguardia quiso limar las aristas del recelo tras la detención de los paquistaníes del Raval: que menos mal que el artículo estaba escrito con ánimo conciliador, porque si no hubiera creído que la comunidad paquistaní crece silenciosamente cual cáncer que nos corroe en la sombra... Vamos, que de vendedores de rosas han pasado ya a regentar el restaurante donde las ofrecían, y si nos descuidamos, pronto estarán dirigiendo nuestros bancos... Habráse visto. Y el forero medio, que lo entiende, asume la metáfora cancerígena: "Lo que está pasando es como un tumor maligno, si no se erradica acabará metastizando". No se preocupe usted, forero mío, que en quimioterapia andamos avanzadísimos, y si no léase las propuestas de sus conciudadanos: a la picota con todos, que los que no lo son seguro que simpatizan, sabotaje a los comercios paquistaníes --pero qué jartón de reír, por Dios, como si alguno de ellos hubiese comprado nunca en un supermercado paki-- y limpieza a fondo de la mugre medievaloide.

Porque los racionales ilustrados tenemos que protegernos, sí.

Solo que erramos el tiro.
Esta vez no ha habido muertos en el juego de los locos.
(A veces me pregunto si el terrorismo islamista no será una especie de destilación purísima de la cultura occidental.)
Digo, esta vez no habido muertos.
Pero nos han llenado de miedo.

De eso hay que defenderse.

 

De Fernando Bolós

De Fernando Bolós

Pues eso.

M.

M.

 

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De REP.

Y más

Y más

Este año el frío también hizo trabajos más blancos.

París III

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Mirad cómo desfilan.

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Ya

Ya

El primero de los 79.

Joer

¿Por qué recontrapajolera razón todo el mundo cita este maldito artículo del carajo que no existe donde dicen que existe?

Ser jardinera

Estoy esperando a mis 79 motivos.

Y de mientras...

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Todos putas

Todos putas

Hace frío a las ocho menos cuarto de la mañana, en la A-7. La luna está enorme, entera. Saliendo de Barcelona, tengo una tranquila (y eso la hace más hiriente) sensación de intemperie. Quiero decir, de desamparo: todos esos coches que ocupan el carril de entrada a la ciudad, durante kilómetros. Todos los que todavía a oscuras y con sueño, solos con su cansancio y el anodino delirio del tráfico, van a  poner en funcionamiento el correspondiente engranaje. Todo esto chupa una ciudad como Barcelona: tanta vida en venta. Recuerdo a Marguerite Duras, aquellas páginas al final de Escribir: basta una lista con los nombres de todos los que durante veinte años han trabajado en una fábrica para entender las dimensiones del dolor y --quizá, si fuera posible, y con extrañeza-- la alegría. Recuerdo también a Léon Bloy: "Entonces pensaréis en el cementerio, situado en el otro extremo de la hermosa avenida de cipreses que parte de esta loquera". Y aquella ternura cegadora y ridícula con que lo decía Fernando Arrabal.

De mayor...

De mayor...

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... yo quiero ser como este señor. Namoraíta estoy.

13

Este verano, saliendo un día de Barcelona por la línea costera de Cercanías, Gurb miraba las obras desplegadas durante 24 horas junto a los raíles:

Estamos construyendo el AVE como si fueran las pirámides de Egipto...

...dijo.

Glenn

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Me dice M. que Glenn Gould hace aletear una mano mientras toca con la otra.
Y que la mira.

Como si la mano fuese la melodía y pudiera contemplarla a la altura de los ojos.
(Encarnar la música, diría Steiner, darle el propio cuerpo para que lo habite.)

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Lírica, plástica, blandula, Polifema mía

Lírica, plástica, blandula, Polifema mía

Oh mi dulce Polifema, niña de ojo tiernamente cerrado sobre la melodía que te hiere el alma. Así llega siempre la belleza, niña en el lavabo, al instante siguiente de haberte secado la cara y dejándote suspensa en su música, aun la toalla en las manos. Oh mi Polifema dulce, quién debió ser la criatura prodigiosa que pudo dibujarte llena de gracia con tu ojo entornado suavemente sobre los acordes. Cuando me aqueja la melancolía, no tengo más que contemplarte la serena sonrisa, mi dulce Polifema, niña en cabellos, milagro del plastidecor entre los dedos infantiles.

París, II

París, II

Los nublados de París desde los puentes sobre el Sena, o cómo el crepúsculo no es inocente. Walter Benjamin decía que lo de Haussmann fue talento escénico, y uno piensa que debe de ser cierto cuando ve el Panteón (tachán tachán) alzarse al fondo de la calle Soufflot como si bajando por Boulevard Saint-Michel alguien corriese a mano derecha el telón que (des)cubre la maravilla civilizatoria. Después la tradición escenográfica tuvo otros grandes hallazgos, qué duda cabe: véase la torre desde el Palais de Chaillot, y ese arco tan rentable, de lejos o de cerca, que enmarca los Campos de Marte como si uno pudiera entrar en el mito por la puerta grande de la ingeniería (de la industria al cielo). Pero si hay algo que extasía verdaderamente los sentidos, y los engaña y los encanta y los envuelve en la belleza de un trompe l'oeil maestro, son los cielos de París cuando se nublan.  Pensar en la maravilla natural es inmediato al contemplar esa seda grisácea que tamiza la luz y la traduce en todos los matices de un silencioso encono atmosférico. No obstante, uno se percata de su candor al divisarla desde el Pont Royal en dirección a Ile Saint-Louis y ver cómo ese tejido de agua y luminosidad pasa de la tersura brillante al revuelo nuboso para arrebatarse en tragedia oscura allí donde la mirada coincide con el punto de fuga del río. ¿Tengo que añadir que una de las transformaciones más radicales de Haussman supuso despejar la vista arrasando con el barrio medieval que se levantaba sobre Ile de la Cité?