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Noche de Carnaval

Noche de Carnaval

Después de comer, beber y bailar como correspondía a la hospitalidad de los que la acogieron, esta zíngara se encontró en la calle asumiendo verdaderamente los atributos de su nueva identidad: la noche quiso ponerse azarosa y epifánica, los caprichos de la suerte quisieron dejarla sin dinero, sin Visa, sin tarjeta de metro (que además estaba cerrado), sin llaves, sin móvil y sin amigos.  Conservaba, eso sí, la máscara y la pandereta.  Como los que no tienen soltura, tienen piernas, volvió caminando a su casa desde Gràcia: Lesseps, Travessera de Dalt (ah cómo echó de menos esa conversación pesada y encantadoramente monolítica que él solía darle, cómo hablaba sola con su fantasma y lo reprendía y lo consolaba), Ronda del Guinardó (qué extraña y qué ajena, como en un sueño con frío y cansancio del mundo,  la vista de las torres Mapfre desde allí arriba), Avenida Mare de Déu de Montserrat, Passeig Maragall, Plaça Eivissa (ah benditos los lugares conocidos, bendito sea mi barrio, bendita sea mi calle). 

Cuando llegó a su casa, besó la puerta.  Se durmió a los cinco minutos de meterse en la cama. 

Al día siguiente no tenía resaca.

La princesa está cursi

La princesa está cursi

Rebeca Dautremer, portada de Princesas olvidadas y desconocidas (Edelvives, 2005)

Perdonadla, ay, pues está cursi.  Recuperando aquel antiguo hallazgo que nació al calor de Van Gogh y José Antonio Marina (artista es aquel que hace que algo hermoso suceda), aspira a dejar alguna clase de huella luminosa en una existencia ajena que quizá no la necesite o que no sepa qué hacer con ella, y ante los ya clásicos obstáculos que se oponen a su empresa, se ha puesto cursi, pseudomística y trascendental (para suceder al marqués de Bradomín solo le falta ser católica y fea, aunque voces oiréis que no le nieguen alguna de esas cualidades).  Además está releyendo De Profundis y los argumentos del encarcelado en Reading --no te ahorres ni un solo gramo de lucidez al enfrentar tus actos y los de los demás, pero aun así conserva tu amor como lo único que te salvará de la petrificación--  la están afirmando en el empeño ¿contra toda conveniencia? de no renunciar a su naturaleza: inversora en el vacío, derrochadora afectiva, nacida para la bancarrota emocional (si no fuese a perder, no habría triunfo, y todas esas sublimes zarandajas de Alan Pauls en El pasado que ella suscribe sin dudarlo). 

Entretanto, la realidad en torno ha desaparecido --la fascinación es ese fenómeno por el cual un solo objeto ocupa el mundo entero--, y ante la canina persecución del fumador nacional en bares y patios universitarios (creo que fue Deleuze quien habló de microfascismos), ante las hordas enardecidas por una caricatura a la que los medios occidentales, con singular e incendiario oportunismo ideológico, están dando una importancia desorbitada (el discernimiento de aquello a lo que realmente es digno dedicarle la tala de un árbol para letra impresa ha sido relegado para siempre por la entrada gozosa en la pataleta colectiva (un niño defendería con igual orgullo por la libertad de expresión su derecho a sacar la lengua)), ante la boutade de esa progresía catalana que ha pasado de apropiarse mi defensa a casarse con el PP (más enfants terribilísimos pateando el suelo con su piececito: si ya lo decíamos ayer), ante esa transubstanciación por la que el snuff ha pasado de poseer una entidad mítica a corporeizarse cotidianamente en las pantallas del móvil adolescente, ante todo eso y la película de Michael Haneke --todavía queda alguien que sabe para qué desenmascaramientos emplear la libertad, la expresión y la lengua--, ella experimenta el apabullado desconcierto del que no comprende los signos por mucho que los repase una y otra vez. 

Pues en efecto, tan solo es capaz de interpretar gestos pequeños y fenómenos poco rentables a los que atribuye sentidos peregrinos con la mirada de los exaltados: la luz, las flores, el sabor del café (por fin reincorporado a la vida para gloria de su paladar).  Todo lo demás --el nuevo trabajo, el artículo sobre la Biblia en el Modernismo español, el curso de novela para el Col·legi de Doctors, la revista del Ayuntamiento, la fiesta de disfraces para la cual ya ha perdido hoy la oportunidad de comprar un antifaz granate-- pertenece a un reino extraño y desconocido.  A pesar de que su psiquiatra ha querido ponerla sobre la pista de las otras cosas que también existen en su vida, ella sigue considerando que esas otras cosas poco le atañen, y con evidente peligro de enajenación y quiebra social --el único cabo que aun la mantiene fiablemente vinculada a la realidad es el cordón blanco de la caña de lomo, y es bueno que así sea--, se entrega únicamente al cultivo del reducto moral donde atesora unos afectos que de nada habrán de servirle cuando todo termine (pero Wilde, pero Wilde).  Ah, más le valdría preparar las clases de español, seguir leyendo a Lozano Marco, buscar un piso donde vivir, poner una lavadora, atenerse a los requerimientos inexcusables de la supervivencia.

Pero en lugar de eso se pone cursi.  Qué desperdicio.  ¡Si se entregase siquiera a la poesía completa de Claudio Rodríguez!

A veces

A veces

La piscina.  La luz del sol en las duchas a la una de la tarde.  Esa luz que viene de otro lugar y de otro tiempo.  Ella y las baldosas blancas, el agua caliente.  Estar en ninguna parte, bajo esa luz, ser otra.  Ser ajena, en esa claridad intacta, a cualquier miedo propio, a cualquier desvelo.  Solo esa paciencia de la luz que blanquea en las baldosas.  Solo eso.  Y otra.

Què hi ha dins les closes flors nocturnes?

Què hi ha dins les closes flors nocturnes?

Lo que me ha traído la subida de temperaturas.

¿Maldita sea, cómo era aquel poema de Laura Pozzi?

 (Anna Dodas)

Los reinos de la casualidad

Los reinos de la casualidad

Voy en el metro aprendiéndome la segunda parte de El corazón perplejo.  Cuando estamos llegando a Catalunya, donde tengo que bajar, veo que la chica que se ha sentado frente a mí va leyendo la novela de Marzal.  No la he leído, pero esta coincidencia me aletea en la cara como un pájaro nervioso, y me da otra de esas alegrías fugaces que últimamente me rondan.  Para eso deben de estar el azar y sus arbitrarios remedos de sentido: para estos alivios del momento, que tanto agradecen los desorientados. 

La vida en obras

La vida en obras

Al salir de la piscina emprendo el camino a casa por la calzada, porque la acera donde da el sol --un sol tibio y silencioso, calmo y sereno de barrio residencial a las dos de la tarde-- está en obras.  Al principio me mantengo junto a los coches aparcados; pero viendo que no hay circulación alguna y que calle arriba las ramas de los árboles confluyen unánimemente en la montaña, pronto ocupo el centro del asfalto y subo mirando cómo se entrehace allá lejos esa canción de aristas grises.  Desvío un momento la vista a mi derecha.  Un obrero tiene la taladradora fija en la acera, todavía sin conectar, y la va girando lentamente, como buscando algo al cogerla, un lugar decisivo, un punto de acomodo, de mágico acuerdo entre hombre y máquina.  Con los guantes de obra, casi parece que la arrope. 

De pronto quisiera estar en la cama de ese hombre.

Aunque nunca se sabe (moderemos la afición melancólica de ver alegorías, por principio, en los recodos de la realidad).

Llego a casa provisionalmente feliz.  Voy aprendiéndome poco a poco El corazón perplejo de Marzal. 

 

Los nombres

Uno de los fragmentos que prefiero de Lolita es aquel en que Humbert Humbert se complace morosamente en pronunciar, en recorrer todas las estribaciones que posee el nombre de su obsesión: 

Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. 

Así los nombres se convierten a veces en el único cuerpo que la boca puede acariciar.

LVSP (II)

LVSP (II)

¡¡¡Y que viva Isabel Coixet!!!

M. C. Escher, Prickly Flower, 1936 

de vilanos levantado 
su sueño quebradizo 
lámpara del deseo
sobre el tallo sostiene
el diente de león

(a sabiendas de que el viento,
de que la noche y el yermo,
que la ciudad estéril 
y sus hombres de hueso)

 


 

Farmacéuticas

Farmacéuticas

Y seguimos con los médicos. 

Visita de mi padre al de cabecera para intento de adelantar fecha del TAC de mi madre.  Comentarios diversos sobre la situación pésima de la sanidad.  Una anécdota farmacéutica: un antibiótico que hasta ahora rondaba los 50 € ha bajado su precio a 18.

El mismo antibiótico, distribuido para animales, no sube de los 5 €.

Mi particular proceso

Mi particular proceso

L’Arxiu Històric de Barcelona está comenzando ya a convertirse en la sucursal que el castillo kafkiano ha decidido abrir en mi vida.  Soy consciente de que a estas alturas de la Historia humana y tras larga tradición conspirativa (sobre la que el lector interesado podrá documentarse en Miau, El proceso o Todos los nombres), la Administración ha conseguido constituirse en país flotante, paralelo, autónomo y eficientemente perturbador del buen tiempo; pero desde luego en lo mío con el Arxiu tiene que haber de por medio una maldición asiria  o poco menos.  El caso es que llevaba toda la semana posponiendo mi sesión de trabajo en el Arxiu (ya que tengo que ir en busca del DNI perdido, aprovecho para leer los artículos de la polémica sobre Silenci, me decía yo con desprevenido optimismo); de manera que al llegar el jueves, esos mecanismos de culpa ante la dejación del deber que tan rematadamente bien me inculcaron las monjitas en el colegio y que ya habían comenzado a hacer labor de zapa moral el martes, esos resortes, digo, terminaron por decidirme a poner los pies, la mochila y los papeles en la bendita Casa de l’Ardiaca. 
 
Así pues, llegué al Arxiu, dejé mis cosas en taquilla, subí a la biblioteca, busqué las signaturas de La Publicidad, L’Esquella de la Torratxa y Catalònia, rellené las tres fichas correspondientes y se las entregué a la bibliotecaria.  Pero ah, mi pequeña ingenua a merced de la normativa, ah mi dulce fervorosa de la sencillez, cómo esperabas un destino tan fácil, ¿no recordabas acaso que el Arxiu es un lugar al que se va para cumplimentar el mayor número de fichas posible?  ¿Acaso no tuviste una vez que copiar los 50 y pico formularios que llevabas previamente preparados porque el sistema de papeletas había cambiado y no era posible acceder a las revistas sino entregando las nuevas?  Ah mi tierna desmemoriada, no me digas que te sorprendió este jueves tener que volver a los registros para apuntar los números de microfilm, ni te duelas de que tuvieses que rellenar una ficha para todos y cada uno de los meses que querías consultar por mucho que después te los encontrases todos reunidos en el mismo rollo, ni te sientas potencial terrorista bibliográfica porque no te quisieran entregar los tres rollos a la vez; no, mi dolida en su simplicidad, no: he aquí el precio de tu imprevisión.  Porque imprevisión fue también, no podrás negarlo, olvidar el forro polar necesario para permanecer más de un cuarto de hora en la Sala de Microfilms, e imprevisión fue sin duda no sospechar que las fechas que Joan Lluís Marfany consigna en la Història de la literatura catalana, t. VIII, pertenecen a una edición de tarde, motivo por el cual tuviste que entregarte a la grata labor de revisar tres meses enteros de La Publicidad, día por día, sin resultado alguno.  Ah, mujer desprevenida no vale ni por media, y además sale de las instituciones públicas frustrada, exhausta, confundida y con ligeras ganas de matar a alguien: he aquí la inevitable relación entre candidez, burocracia y psicopatía en las sociedades postmodernas.

Este país (II)

Este país (II)

Visita a la traumatóloga para seguimiento de la sospechada hernia discal de mi madre.

La traumatóloga es todavía residente.

Hablamos de mi trabajo, de mis escasas posibilidades de supervivencia económica en el supuesto remoto de que me quedase en la facultad.  Mi madre expresa su antiguo deseo de que la moi hubiese sido médico en lugar de filóloga.  La traumatóloga se ríe y hace un comentario irónico sobre su nómina.

Los médicos cobran a 4 € la hora de urgencias.

Este país

Este país

Francisco de Goya, Gaspar Melchor de Jovellanos, 1798. Museo del Prado (detalle)

Las bromas tendenciosas de la Cope

El PP justifica la ausencia de Rajoy y atribuye la victoria de Morales a la inundación de petrodólares venezolanos

Bono ordena el arresto domiciliario del general Mena y propondrá su cese

El presidente del Supremo equipara hablar catalán en Cataluña con bailar sevillanas en Andalucía

Anda que llevamos una antología de un tiempo a esta parte...

Parece que vamos a tener que seguir entregados a la melancolía un siglo más.

Caravaggio

Caravaggio

Flagelación, c. 1607. Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles (detalle).

Tenía razón Walter Benjamin, y tiene razón Robert Hughes: la presencia del cuadro es insustituible; solo llegándose ante él es posible conocerlo en un modo que no se consigue ni examinando una ilustración ni leyendo una retahíla crítica (y no: por mucho que la abstracción siga alimentándose de literatura, palabra no es color, y si el pintor lo quiso de 3 m. 90 x 2 con 60, fue porque con un centímetro más iba a causar otro efecto).  Es cierto: hay un momento de acogimiento en la mirada, y luego esa comprensión repentina, que remueve lecturas, por supuesto, y trabaja con todos los posos que han dejado los libros y las telas, pero que viene de todo lo que el ojo recibe en la contemplación y que extrañamente, al final, se convierte en palabras.  Miro ahora un cromito del cuadro que abre la exposición del MNAC, y no logro sino recordar que allí entendí con el cuerpo y ver que aquí solo me quedan unas palabras resecas.  Para no olvidar, sin embargo, habrá que echar mano de ellas: esa oscuridad de la que salen los hombres tan solo porque la pintura los ilumina, porque su voluntad es iluminarlos, e iluminar lo que quiere hacer que exista ante los ojos.  Ese es su poder y su límite: sacar las cosas de la oscuridad, revelarlas.  Por eso la luz de Caravaggio es intencionada, y por eso se ceba con arbitrariedad y con cálculo sobre el torso de Cristo, central, impuesto a la vista, rotundo, revolviendo así todo el sentido del misterio cristiano (y con ello, todos los modos de percepción que la cultura occidental ha construido hasta llegar aquí): "Señoras, señores: no existe otra revelación que la de la carne".

Match Point

Match Point

Un descarnado revés a Crimen y castigo.

Si será

Se sentía estafada en todas las cosas sencillas [...]

                                                                             Ya no.

 

Ab vos me pot Amor ben esmenar,
del temps passat, lo seu gran falliment [...]

El rey que abdicó

El rey que abdicó

No sé si se puede apreciar bien, pero este es el rey de la selva, colocado por la mano maestra de la pequeña Gurb en mitad de una lámina de dibujo escolar, entre monitos-haba de color rosa y elefantes-globo de color naranja (como ya dije en una ocasión, el mundo creado por los plastidecores de Gurb es de una libertad lírica perfectamente baudeleriana).  Pues bien: mirad a este rey francamente retirado de la Historia, este rey no mucho más grande que las tres bercitas nacidas frente a él, rey tierno y lejano cual Luis de Baviera al escuchar Lohëngrin .  Miradlo porque en su sintética figura, apenas reducida a cinco trazos --ah la simplicidad--, se cifra una minúscula protesta --la melenita erizada, ¿no os habéis dado cuenta?--, una delicada e infantil resistencia a las ostentaciones del poder.  Que sí, que sí: que ni Leoncio había constituido antes tamaña desmitificación de la realeza.  ¡Ah pequeño monarca, tierno como hoja de culantrillo, que yo tuviera muy a gusto a los pies de la cama, y que a veces contemplo para comprobar qué cosas pueden surgir de los dedos de un niño!

La vida secreta de las palabras

La vida secreta de las palabras

Cuando recuerdo a Isabel Coixet y ese aire de despiste y de insignificancia que tiene tras sus gafas de pasta, no me explico cómo dentro de esa mujer pueden caber las historias que caben (joder, leo el retrato de Tim Robbins y es que me saco el sombrero: ¿se puede ser más honrado y a la vez más lúcido y a la vez como si eso fuese simplemente la vida pero además precisamente por serlo tan fervorosamente contemplado?). 

La vida secreta de las palabras es una película absolutamente enorme.  Siempre que salgo del cine me quedo callada por lo menos media hora --cosa que intranquiliza bastante a propios y ajenos, pero se trata sencillamente de una dificultad para pasar rápidamente de la concentración a la expansión, para salir de la historia y volver a la calle.  Lo de ayer fue, sin embargo, un absoluto anonadamiento.  Iba por Aribau como si me hubieran abofeteado, o como si hubieran entrado en algún cuarto que yo tenía reducido a la quietud y lo hubiesen puesto todo patas arriba. 

Tengo que verla por lo menos dos veces más. 

D.

D.

Caspar David Friedrich, Mar de hielo, 1824. Kunsthalle, Hamburg (detalle).

Hace 6 años (Dios santo, 1999, no puedo ni creer que entonces yo existiera) apunté en un diario unas palabras de la Julia de Ana Mª Moix: "Se preguntaba una y mil veces por qué había de sufrir por algo tan sencillo, tan fácil para los otros".  Esta mañana he estado haciendo todas esas cosas minúsculas que entonces eran igual de nimias, pero que la desposesión (ah Emily Dickinson) hacía tan valiosas: ducharme, freír bacon, tomar prestadas unas películas, cantar, mirar la vista sobre la Meridiana después de haber pasado la noche con D.  He recordado a la Moix, y quizá también a Manolo García: "y ahora sopla el viento, cuando el mar quedó lejos hace tiempo; cuando no tengo barca, remos ni guitarra".  La verdad es que estoy exhausta de realidad, y a veces no acabo de saber bien dónde tengo los pies, dónde se encuentra mi júbilo, si es que no vive ya demasiado lejos de mí.  Tiempo, tiempo, un poco de tiempo para aligerarme de todos los pesos, para que pase el frío, para que crezca algo en tierra asolada.

(Si D. sigue siendo tan lindo, si sigue poniendo películas en mi mochila sin que yo lo sepa, algo podrá hacerse.)

Como siempre

Como siempre

Dante Gabriel Rossetti, Sancta Lilias, 1874.  Tate Gallery, Londres. Detalle.

Esta tarde he sido tan desproporcionada e imprudentemente feliz cuando D. me ha acariciado la cabeza cual a perrito de lanas (con este pelo, dice, parezco sacada de un cuadro prerrafaelita), que de vuelta a casa en el metro he ido todo el viaje temiendo que el destino tuviese prevista mi muerte entre esta noche y la del sábado, así nada más que por joder, por quitarme los caramelos mientras se me quedaba en la cara la sonrisa de idiota. 

No iba a ser la primera vez que ocurriese algo parecido.