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Caravaggio

Caravaggio

Flagelación, c. 1607. Museo Nazionale di Capodimonte, Nápoles (detalle).

Tenía razón Walter Benjamin, y tiene razón Robert Hughes: la presencia del cuadro es insustituible; solo llegándose ante él es posible conocerlo en un modo que no se consigue ni examinando una ilustración ni leyendo una retahíla crítica (y no: por mucho que la abstracción siga alimentándose de literatura, palabra no es color, y si el pintor lo quiso de 3 m. 90 x 2 con 60, fue porque con un centímetro más iba a causar otro efecto).  Es cierto: hay un momento de acogimiento en la mirada, y luego esa comprensión repentina, que remueve lecturas, por supuesto, y trabaja con todos los posos que han dejado los libros y las telas, pero que viene de todo lo que el ojo recibe en la contemplación y que extrañamente, al final, se convierte en palabras.  Miro ahora un cromito del cuadro que abre la exposición del MNAC, y no logro sino recordar que allí entendí con el cuerpo y ver que aquí solo me quedan unas palabras resecas.  Para no olvidar, sin embargo, habrá que echar mano de ellas: esa oscuridad de la que salen los hombres tan solo porque la pintura los ilumina, porque su voluntad es iluminarlos, e iluminar lo que quiere hacer que exista ante los ojos.  Ese es su poder y su límite: sacar las cosas de la oscuridad, revelarlas.  Por eso la luz de Caravaggio es intencionada, y por eso se ceba con arbitrariedad y con cálculo sobre el torso de Cristo, central, impuesto a la vista, rotundo, revolviendo así todo el sentido del misterio cristiano (y con ello, todos los modos de percepción que la cultura occidental ha construido hasta llegar aquí): "Señoras, señores: no existe otra revelación que la de la carne".

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