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La vida en obras

La vida en obras

Al salir de la piscina emprendo el camino a casa por la calzada, porque la acera donde da el sol --un sol tibio y silencioso, calmo y sereno de barrio residencial a las dos de la tarde-- está en obras.  Al principio me mantengo junto a los coches aparcados; pero viendo que no hay circulación alguna y que calle arriba las ramas de los árboles confluyen unánimemente en la montaña, pronto ocupo el centro del asfalto y subo mirando cómo se entrehace allá lejos esa canción de aristas grises.  Desvío un momento la vista a mi derecha.  Un obrero tiene la taladradora fija en la acera, todavía sin conectar, y la va girando lentamente, como buscando algo al cogerla, un lugar decisivo, un punto de acomodo, de mágico acuerdo entre hombre y máquina.  Con los guantes de obra, casi parece que la arrope. 

De pronto quisiera estar en la cama de ese hombre.

Aunque nunca se sabe (moderemos la afición melancólica de ver alegorías, por principio, en los recodos de la realidad).

Llego a casa provisionalmente feliz.  Voy aprendiéndome poco a poco El corazón perplejo de Marzal. 

 

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