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Desgana

Desgana

Lichis en el-mundo.es

Sara me convence de que siento demasiada pereza como para dar explicaciones en quilométricos mails. Así que aquí estoy escuchando La cabra mecánica vestidita de domingo. Además no encuentro la cita de Ferraté.

Un Lichis en mi vida, es lo que yo quiero. "Me has dejao el corazón casi más tieso que el de un pobre parvulito castigado sin recreo": como queja amorosa es lo más sincero que he escuchado desde la lírica tradicional.

From lost to the river

Pasó un poco el frío, y como llueve, aquí estoy escuchando esta maravilla de Paris Combo mientras, en lugar de escribir el cuento de Luisa, hago proyectos sobre mails quilométricos, no por nada, sino tan solo por ser la molesta excepción a la tendencia humana que Ferraté definió tan maravillosamente aunque yo ahora no recuerde las palabras con que clavara la descripción del miedo a la franqueza. Llamo a N. para preguntarle si ella tiene el libro en que sale la cita exacta; pero comprensiblemente N. no está para cuentos, así que tendré que hacer una prospección en la biblioteca (a ver si Julia se acuerda y me salva).

En fin, aquí está mi eterno yo nunca escarmentado, dispuesto a saldar cuentas con el silencio. Ahora, eso sí, un poco más lúcido, un poco más irónico.

Para E

Es tan extraño que de pronto se abra una ausencia. Las líneas del mundo comienzan a desdibujarse; porque ya todo salvo esa falta ha dejado de ser pertinente, y hay una discontinuidad en todos los objetos que hasta el momento han poblado los días. Me pregunto por N.; me pregunto cómo va a hacer para cerrar ese espacio abierto en la memoria, ese espacio sin nada. Es bien extraño el tiempo de los muertos; porque en su orilla simplemente no existe, y en esta sin embargo cobra una presencia absoluta. Al final todo sucede del lado de la vida.

Valente dice: Tú duermes en tu noche sumergido. Estás en paz. Yo araño las heladas paredes de tu ausencia, los muros no agrietados por el tiempo que no puede durar bajo tus párpados. Ceniza tú. Yo sangre. Leve hoja tu voz. Pétreo este canto. Tú ya no eres ni siquiera tú. Yo, tu vacío.

Pequeñeces

Pequeñeces

Por fin ha florecido el Zygocactus: he estado esperando semanas para poder ver este pájaro siempre a punto de levantar el vuelo.

11-M

Pues sí, yo también comienzo a estar hasta las narices de los que le ponen peros a Antígona.

Arcadi Espada y las investigaciones periodísticas sobre el 11-M

Encuentros en la tercera fase

Encuentros en la tercera fase

Adelardo Parrilla,Retrato de José Martínez Ruiz

La secta azorinista volvió a reunirse: esta vez en Monóvar, el 18 y el 19. Tomamos café en el Casino, nos hicimos la consabida foto, nos sentamos en círculo cual grupo de psicoterapia y, con modélico olvido del mundo en torno, nos entregamos a meditar sobre el estado de la cuestión (lo que quiera que sea que eso signifique). Eso sí: que me comí unas gambas a la plancha recién traídas de la bahía de Alicante la noche del 19... Hice además dos descubrimientos: Lozano Marco --una de mis preferencias, junto a Francisco José Marín, a la hora de elegir entre las aportaciones al tema-- es un hombre dulce y silencioso, de una suave timidez; Riopérez es un genial conversador multimillonario que disimula pertinazmente su encanto bajo una capa de cultivado cinismo (cenar con él es un intento continuo de vencer la ironía oponiéndole una cándida pero obligatoriamente bien argumentada inocencia).

Ahora que lo pienso, tuve una tercera sorpresa: si Manuel C. tuviera unos cuantos (bastantes cuantos) años menos...

Espero con fervor la siguiente entrega (de gambas a la plancha, se entiende).

No estaba muerto

Vaya vaya con el señor Paesa...
Si resulta que estaba bebiendo caña...
Joer, con 300 millones de las antiguas cucas, yo también hago bromas de esta clase (aunque sin mafia rusa, gracias).

Antonio Rubio, El muerto está vivo

Con Luisa

Con Luisa

Como el barón de Munchausen al caer con su caballo en las arenas movedizas, tiro de mi propia coleta para salir del paso (créeme, Julia: es el mejor procedimiento, y el único, además). Entonces sucede que viene Luisa a verme y nos quedamos dos horas delante de El viaje de Chihiro. Porque Luisa quiere poco menos que yo le escriba un cuento para niños. ¡Un cuento para niños! ¡Pero si yo jamás he escrito para niños! ¡Pero si eso es dificilísimo! Esta mujer no sabe lo que se dice, pienso yo; pero como lo afirma todo con una seguridad mansa y por eso mismo inquebrantable, le digo que sí, que vale, que yo le escribiré el cuento que ella quiere ilustrar. Y como necesitamos un hilo del que ir tirando para encontrarnos con las imágenes de nuestra historia, comenzamos a devanar una madeja de recuerdos, obsesiones y deseos irresueltos. Es así como Luisa consigue remover mis aguas estancadas y hacer que de ellas salgan los antiguos dibujos, mi foto con dos años (cómo explicar que partió un barco de mí llevándome), aquel libro rojo que deseché y que ella rescata llevándoselo a su casa, los actos libres de la que yo solía llamar "mi pequeña bruja", e incluso esa fijación que tengo con la más hermosa de las metáforas del corazón que yo haya visto nunca en una película (aquel cuenco roto y grapado que Zhang Yimou coloca como una pequeña y límpida revelación en El camino a casa). Todo eso lo saca Luisa a flote, y así resulta que después de tanto tiempo sin reconocerme en la alegría suficiente de la foto, vuelvo por una noche a sentir que sí soy yo, que en el círculo que dibujan la chiquilla y el azogue estoy yo en la superficie reflejada al cabo de 26 años, y que ella sonríe porque me ve aquí, ciertamente menoscabada por los trabajos y los días, pero resuelta a no defraudar aquel sueño de sí misma que la niña auguraba más allá del espejo.

Canciones

Sentirse así a veces: como palabras dichas al oído de nadie.
La cita es de Los Rodríguez, claro.

Fúmbo

Fúmbo

De acuerdísimo con Forges: ¡ella es muchísimo más guapa que él!

La misma historia

La misma historia

Marc Chagall, La casa incendiada o El carro volador, detalle

Debo atenerme a los perfiles de la realidad (el metal de voz de mi hermana, las canciones de Juan Perro, las Impatiens a punto de florecer) para no subirme al carro del arrebato. Es por eso que en lugar de seguir revisando cómo me encuentro ni cómo no, acudo a un poema de Carlos Marzal que suscribo en cualquier momento, e intento detener mi cabeza --máquina infernal-- yéndome a poner lavadoras.

CREDO QUIA ABSURDUM

Si no inspirara vértigo su hondura,
si no infundiese al alma aventurera
un frío sideral,
si no nos adeudara
los insólitos dracmas de los sueños,
si no hubiese negado nuestro nombre,
no habría para qué
ni para tanto.

Esta desobediencia
para con la cordura, este imprudente
amor desventurado es nuestra gloria.

Si no fuese a perder, no habría triunfo.
Cualquier pasión se impone en su arrebato,
cualquier enfermedad llega a ser íntima.

Alteza incomprensible,
tu púrpura es oscura.
No hemos llegado aquí para entenderte.

Bailo sobre las brasas, porque es triste.
Porque es tarde y ocaso, estoy de enhorabuena.
Me he dejado ir de mí, porque no hay fondo.
Porque es inútil, canto.
Porque es absurdo, creo.

En Babia II

Es ahí cuando el otro Toni comienza a explicarle a Marta que está haciendo el doctorado y que trabaja en el Clínico con casos de epilepsia, palabra que llama mi atención como no podría ser menos, y ahí me enzarzo en una descripción del modo en que la entrada de la borrasca por el Atlántico provoca las crisis parciales complejas de mi madre (júrolo por los dioses) pese a la Carbamazepina y pese a cualquier medicación que al bendito neurólogo se le pueda ocurrir administrar, a lo que mi niño psicólogo responde dándome una exacta descripción de las crisis de mi progenitora. Estoy en plena actitud de admiración ante semejante poder de diagnosis, cuando el retratista nocturno se vuelve a poner confidente para revelarme con esa autoridad y ese convencimiento que dan el vino y los años lo que ya hace tiempo le señalara a mi madre su peluquera después de cortarme el pelo: Gemma... (pausa escénica), tu ets dolça. Ante mi extrañeza, Antoni el decidor fotógrafo vuelve a repetir que efectivamente y sin lugar a dudas sóc dolça, y foto va, foto viene, nos propone pirarnos los cinco a otro bar. Ay, señor fotógrafo, es que me estoy haciendo vieja: yo tengo ganas de volver a casa..., y bueno, yo les echaría un vistazo a esas fotos sin película que usted hace tan sabiamente, de veras que lo haría, pero temo, ¿sabe usted?, dado el encono con que se lanzan sarcasmos, que se produzca entre usted y Marta una conflagración de alcances imprevisibles, y yo, querido fotógrafo, soy muy pacifista, soy muy modistilla, y me encuentro ya añosa para estos trotes. Mientras el personal va abandonando la escena y los dueños comienzan a recoger --ya hay sobre las mesas algunas sillas patas arriba--, Marta y yo pedimos la cuenta y nos ponemos a hacer números para pagar a medias, entre tanto el fotógrafo de ojos grises saca de no sé dónde unos dibujos de la Plaça del Pi que les regala a una pareja sentada detrás de nosotros. Marta sigue inquiriendo detalles sobre el trabajo del niño chisposo en el Clínico, y yo me pregunto si el tal conocerá al doctor Santamaría al mismo tiempo que atiendo a lo que Marcos me cuenta sobre el loco del pelo canoso, al parecer frecuentador más o menos borracho del Babia y organizador de extraños diálogos entre desconocidos.
En ese punto de su currículum vitae estamos cuando el viejo anarquista vuelve entre nosotros y de nuevo se dispone a pegar la hebra, esta vez preguntándome sobre si me va bien o me va mal, sobre si soy feliz o estoy amargada, y yo le contesto que lo que estoy es inquieta, cosa que aunque a mí me toca bastante los cojones y me mantiene en un estado de ansiedad permanente, al viejo retratista de fantasmas le parece fantabulosa, perquè així és com s'ha de viure, razón por la cual se decide a regalarme otra de sus revelaciones confidenciales: Mira, Gemma, tu... (pausa escénica), tu... (pausa escénica), tu ets una sorpresa. Anda coño, ¿una sorpresa? ¿Y se puede saber por qué? Ah..., pensa-hi, pensa-hi; pero la verdad es que ni tiempo me da a pensar-hi porque ya este ensamblador de universos distantes ha comenzado su perorata sobre la importancia de la vitalidad y la belleza de los gestos espontáneos, ay Dios, no me hable usted de eso que va usted a abrir la brecha de la revelación en medio de un bar en el que somos las últimas cinco presencias, no me hable usted de actos libres que me va a ayudar a tomar una decisión, no siga, no siga, que me lanza usted por la pendiente, que ya me basto yo y me sobro para estar pensando desde hace días en llevar a cabo algo que me salga de entre mí, como dice Fortunata, que ya tengo yo suficiente con mi propia temeridad para que me venga usted con discursos sobre lo espontáneo, no hombre, no, que cada vez que yo hago algo espontáneo la tierra se abre bajo mis pies, ay no, señor fotógrafo, no siga usted, que me convence, mejor nos vamos, que nos van a echar la persiana, venga, Marta, vámonos, que las luces están propicias, vámonos antes de que el viejo decidor se convierta en el genio de la lámpara --odradek inoportuno-- que ha de iluminarme el camino poniendo el dedo en la llaga.

Mientras Marta y yo subimos por el Portal de l'Àngel, la luz se rompe en millones de pedacitos sobre el suelo mojado, y yo pienso que ya no hay escapatoria para mí, que ya soy presa de ese acto libre que, tozudo, un día u otro acabará por realizarse al margen de mis propios miedos.

(Vaya este post por todas las criaturas que van buscando la claridad en las noches en que el vino abunda.)

En Babia I

Ayer irrumpió de nuevo en mi vida uno de esos episodios que me asaltan de vez en cuando, que Jose dio en llamar almodovarianos y que tienen como principal causa mi misteriosa capacidad, todavía no se sabe si fatídica o providencial, para atraer a los pájaros más extravagantes que sobrevuelan Barcelona (valga decir que en esta ocasión no fue el asunto tan almodovariano como los que Jose conoció, porque no acabó en la cama de ningún desconocido más o menos entregado a extrañas aficiones). A saber: ayer volví al Babia, bar de bares con musiquita de Paco de Lucía y con esas costillas adobadas que suscitan en mí la más abyecta de las gulas. Allí estaba yo con Marta, que acababa de irse al lavabo, y con las nieblas del vino de la cena ya en los desvanes cerebrales me disponía tranquilamente a atacar el yogur griego que había pedido de postre, cuando alguien a mi espalda solicitó mi atención cogiéndome de un hombro: Perdona, puc fer-vos una foto a tu i a la teva amiga amb aquests nois?
El tipo que hacía la pregunta cámara en ristre --una Canon negra con objetivo igualita a la que mi madre compró en los 70-- era una curiosa mezcla de viejo anarquista catalán, bohemio pirado y borracho decidor de ingenios. O sea: la clase de sujetos a los que a mí me da por seguirles la conversación para asombro e incomodo de todo el que me acompaña. Los chicos en cuestión eran dos jovenzuelos que estaban sentados en la mesa de al lado y que no tenían deseo alguno de hacerse una foto con nosotras, pero a los que el bohemio anarquistoide había decidido meter en camisa de once varas con el fin de obtener un poco de conversación del personal. A mi pregunta de quién quería realmente hacer la foto, uno de ellos (espigado, expresivo, pinta de alma espabilada y con una chispita que le saltaba en los ojos y en las manos: ay, Gemma, ya caíste) decide seguirle la corriente al loco del pelo canoso y contesta que él paga al tal fotógrafo ambulante. Tras vacilar un poco y darme tregua para que pueda meter la cuchara en el yogur, el ingenioso decidor --la cara chupada, barba blanquecina de tres días, los ojos saltones y noblemente grises-- vuelve a la carga. I tu com te dius? Jo, Gemma, i tu? Jo Antoni. Ah, mira, com el meu pare. I de quin barri ets? D'Horta. De quina part d'Horta. De prop del carrer Lloret. I en què traballes. Sóc filòloga; treballo a la Universitat. Aquests dos són molt bons nois. Sí, ja. Aquest es diu Marcos i és arquitecte, i aquell es diu Toni i és metge. Mira tu, un altre Antoni. I quina especialitat fas? Estooooo, Pediatria. Entonces llega Marta y me encuentra metida de pies y manos en el berenjenal; pero ajena a mis súbitas y nuevas amistades, se concentra en su mousse de yogur con salsa de arándanos sin hacer mucho caso a Antoni el anarquista y su camisa de franela a cuadros. Este, no obstante, no ceja en su empeño de conectar universos alejados, y aprovechando mi incapacidad congénita para decir que no, acaba consiguiendo que peguemos nuestra mesa a la del arquitecto y el médico que ni son arquitecto ni médico, sino más bien abogado y psicólogo, mi gozo en un pozo, yo detesto a los psicólogos, seres inmersos en el estudio de los problemas que los aquejan a ellos mismos, y así se lo digo a mi niño de la chispa en las manos, que me ataca con inusitada saña verbal al verse puesto en cuestión. Pero el furibundo apasionado de la fotografía no para de sacarnos fotos a Marta y a mí aunque la cámara ni tiene flash ni lleva película --ah, retratista de aves nocturnas, para qué el carrete si te llevas el alma en la cámara oscura--, y entre puya y puya que él y Marta se lanzan, se dedica constantemente a llamar mi atención revelándome en tono confidencial algún secreto sobre la vida y sus pobladores, por lo que yo no puedo continuar mi guerra privada con el psicólogo gesticulador. El abogado nos cuenta sobre su casa en la Via Laietana, el psicologuito de mis entretelas se lía un porro, el personal va y viene con alegría de la propia vida, han vuelto a poner el disco de Paco de Lucía, nos enteramos de que los dueños del Babia son de Jaén, en algún momento de la conversación me hallo defendiendo mi identidad de charneguita-quilla-de-barrio-e-hija-de-andaluces ante las acusaciones del bohemio anarquistillo de que no conozco la cultura catalana, y entonces este señor envejecido al que sin embargo no le puedo echar los años porque a la luz cálida y decaída del local tiene a veces rostros milenarios, dice que sí, que sí, que en los ojos se me ve, y vuelve a insistir (¡!) en que nos tenemos que ir los dos a la cama un día de estos.

To be continued...

Ya

Ya

¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé! ¡Terminé!

Bueno: en realidad tengo que confesar que he disfrutado como una enana. A pesar del sometimiento a la ley de la silla (sesiones de ocho horas de lectura con intermedio para comer), este encierro de dos semanas ha acabado siendo una gozada: ¡Fortunata y Jacinta en manos de Stephen Gilman es sencillamente apoteósica!

La larga sombra de la tradición

La larga sombra de la tradición

Releyendo Doña Perfecta para preparar las clases sobre Galdós, reparo en las palabras con que el canónigo don Inocencio sintetiza la visión que el pueblo entero de Orbajosa sostiene sobre el liberalismo progresista en la España del momento:

"Verdad es que si vamos a mirar atentamente las cosas, la fe peligra ahora más que antes... ¿Pues qué representan esos ejércitos que ocupan nuestra ciudad y pueblos inmediatos? ¿Qué representan? ¿Son otra cosa más que el infame instrumento de que se valen para sus pérfidas conquistas y el exterminio de las creencias, los ateos y protestantes de que está infestado Madrid?... Bien lo sabemos todos. En aquel centro de corrupción, de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe..."

Y bien: ¿no recuerda esto a aquello otro de "los agentes profesionales de la subversión comunista en contubernio con el complot judeo masónico liberal en lo social"? ¿No hay aquí la misma reducción grotesca de la ideología contraria al burdo espectro de los come-curas y los destructores de esencias momificadas? Se ha dicho que Doña Perfecta falla como novela por el hecho de que sus personajes son puros símbolos ideológicos que no poseen la vitalidad humana de los de Fortunata y Jacinta, Miau o Misericordia. Es cierto. Pero lo que no se le puede negar a Galdós en este caso es el ojo profético. Porque el hecho es que esas mentalidades rígidas que pretendían regir el mundo a golpe de principio indiscutible --ah, la voluntad de poder-- existían aunque fueran un caso de inverosimilitud humana inserto en plena realidad, y que 60 años después de publicada la novela tuvieron su oportunidad de explayarse a gusto con el país. Bien dice Ricardo Gullón que "la tradición está viva en doña Perfecta".

Estética urbana

Estética urbana

La ventana de mi habitación da al lateral del bloque de pisos vecino, que debe de encontrarse a unos ocho metros de mis rejas. Desde los tiempos inmemoriales de mi adolescencia, la tubería del gas que corría ante esa pared había sido un remanso para mis ojos. Quiero decir: puesto que la especulación inmobiliaria de los 60 me había dejado tan escasa de horizontes visuales, me consolaba yo contemplando el brillo de la luz en la textura terrosa de la tubería color vino, cuyo tono armonizaba además con las bandas burdeos que recorren la pared verticalmente.

Pues bien: este verano pintaron la tubería. ¡De amarillo! (¿Habrán cambiado las ordenanzas?)

Eso SÍ deprime mi sistema inmunitario durante seis horas. (Bueno, eso, y las declaraciones de Zaplana.)

A vueltas con la fisiología

A vueltas con la fisiología

Ayer noche leí en la Contra de La Vanguardia una entrevista a un psiconeuroinmunobiólogo (ahí es nada) que afirmaba que sostener un pensamiento negativo durante un minuto deja el sistema inmunológico en estado comprometido durante seis horas. Que el agobio permanente lesiona las neuronas de la memoria y del aprendizaje, y que deja sin riego la zona del cerebro necesaria para tomar decisiones adecuadas. Que el modo en que nos hablamos a nosotros mismos influye en la salud o la enfermedad de la mente.

¡Acabáramos! Así que Sara y Lorena tenían razón. Así que he estado saboteándome yo misma. Vaya vaya. Así que la parábola del sembrador tiene una fiel correspondencia científica (no, si ya lo sabía la Dickinson), y que las palabras y el mundo entero solo pueden agarrar en la tierra si no se ha echado sal sobre ella. Se me está ocurriendo entonces que ahora mismito tengo que darles las gracias a Óscar y a Jordi: la gente nunca lo sabe; pero me muestra constantemente las fuerzas en que yo no creo. (Hay más: hay Lorena, hay Sara, hay Pablo, hay Julia; pero no son precisamente ahora.) Se me ocurre también que debo de ser dura como la roca, porque si tras catorce años de pesimismo --sensiblemente agudizado durante los dos últimos-- todavía conservo la cabeza sobre los hombros (en precario equilibrio, según algunos), es que nada puede acabar conmigo. Se me ocurre por último que filósofos y filólogos deben reclamar un plus de peligrosidad YA. ¡Los niveles de serotonina de los especialistas en Schopenhauer deben de estar bajo mínimos!

Ay

Ay

Yo que estaba leyendo Marianela (Marianela: pobre, pobre), y va y me pilla por banda esta gripe intestinal y me vuelve del revés y me hace toda estómago...

Dónde resiste la vida

Dónde resiste la vida

Ada Sacchi, cárcel de Caseros (Argentina)

"Bajo Brezhnev --que no era lo peor, era grave pero no era Stalin-- había una joven rusa en una universidad, especialista en literatura romántica inglesa. La metieron en un calabozo, sin luz, sin papel ni lápiz, a causa de una delación idiota y completamente falsa, ni falta hace aclararlo. Conocía de memoria el Don Juan de Byron (treinta mil versos, o más). En la oscuridad lo tradujo mentalmente en rimas rusas. Sale de la prisión habiendo perdido la vista, dicta la traducción a una amiga y ésa es ahora la gran traducción rusa de Byron.

"Ante ello, me digo varias cosas. En primer lugar, que la mente humana es totalmente indestructible.

"En segundo lugar, que la poesía puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible.

"En tercer lugar, que una traducción, incluso con la imperfección humana, traduce lo que traduce, lo cual es otra manera de decir que hay una relación entre lenguaje y realidad.

"Y en cuarto lugar, me digo que debemos ser muy felices."

George Steiner en diálogo con Antoine Spire, La barbarie de la ignorancia, Madrid, Taller de Mario Muchnik, 1999, pp. 118-119.

Resumiendo

Resumiendo

Edvard Munch, El grito (1893), Nasjionalgalleriet, Oslo

Vaya semanita... Comenzando por el descubrimiento del zapping como herramienta del contradiscurso (pues en una noche de aburrimiento ante el televisor acabo topándome con esa última escena de Ciudadano Kane que invalida la consistencia del sistema histórico, y por tanto, de uno de los pilares metodológicos de mi tesis doctoral) y acabando por la disolución de cualquier clase de actividad cerebral entre las miasmas de un catarro arrasador, estos siete días han estado de lo más completito: el repaso al tomo IV de la OC de Azorín suspendido ante la inminencia de las clases que tendré que dar sobre Galdós (y de compañera a la fascinante Tristana, pobre criatura narrativa que intenta escribirse a sí misma y acaba siempre escrita por otros); la estupefacción ante los ecos que desde Israel llegan sobre esa sórdida obscenidad llamada "Días de penitencia", y el recuerdo de Georges Steiner reafirmando en una entrevista con Antoine Spire su antigua profecía de que para sobrevivir "este Estado de Israel va a torturar a otros seres humanos"; el Departamento que echa chispas mientras la Universidad sigue gastando en imagen institucional (cuánto mejor no es organizar un brunch en que las mesas no permiten el paso de los estudiantes de un lado a otro de la Facultad en lugar de gastar sueldos contratando profesores para cubrir bajas); dos amigos a la greña por estar cada uno enrocado en su actitud de Moisés con las tablas de la Ley (que nunca habían sido tan de Dios, si bien ninguno de los dos es católico), y yo en medio cual inservible metepatas a la búsqueda de la fábula que los confabule (pequeña ilusa, o niña que en vientos grises, vientos verdes esperó, aunque quizá un fragmento de La despedida podría arrojar mucha luz al caso); otro tipo con permiso penitenciario que presuntamente —ay, esta palabra en la que nadie cree— aprovecha el permiso para desmentir el diagnóstico de sus confiados (o estresados, o asqueados, o desidiosos, o perplejos: véase Horas de luz para tener una idea de todas las posibilidades) psicólogos; la RENFE de huelga durante el Pilar y el viaje a Avignon sustituido por una escapadita a Figueres; una reunión en el Departamento donde se podía cortar el aire con un cuchillo mientras mis últimas neuronas sanas se sumían en un sopor alucinatorio intermitentemente sacudido por estornudos de grado 6 en la escala de Richter; Bush y Kerry, Bush o Kerry, Bush contra Kerry, Bush con Kerry (plato del día), y el fundamentalismo islámico buscándole argumentos a Sharon en Egipto, como si el Primer Ministro de la Tierra Prometida no se bastase y se sobrase para justificar su furor nihilista; desalentadora comedura de coco al constatar que por falta de interlocutor concreto mis palabras no poseen ya aquel nervio que antes las hacía culebrear (ya está aquí esa idea de que desde entonces el mundo perdió algo de brillo); y qué coño hago yo lamentándome de que tengo que renunciar a nuevos espejismos amorosos cuando otro hombre ha sido degollado (la Naturaleza no debiera permitir semejante promiscuidad de sucesos en un mismo mundo o en un mismo rostro; pero el hecho es que la frase del cuento de Zakariya Tamer le va que ni pintada a este pandemonium: Padre, se te mezclan las lágrimas con los mocos). Va ser mejor cerrar la luz, irse a dormir, suspender la excursión a Figueres por fiebre súbita, entregarse dulcemente a una noche de dolor de cabeza, malas posturas y congestión nasal.

No, si va a tener razón Lyotard: sobrevenido el Apocalipsis, cada una de nuestras conciencias está ya instalada en el Infierno (en el hilarante, por supuesto, a ver si nos vamos a creer que el periplo del hombre occidental alcanza siquiera la altura de la tragedia).

Un poquito de Bebo, es lo que me voy a poner. Cada uno a sus venenos.

Más horas de luz