"La luz es un pretexto de la sombra"
Blanche, en Un tranvía llamado deseo: "A veces Dios existe tan súbitamente..."
Ya, bueno; pero siempre es una falsa alarma.
Blanche, en Un tranvía llamado deseo: "A veces Dios existe tan súbitamente..."
Ya, bueno; pero siempre es una falsa alarma.
Oh dioses, que los cielos se abran sobre mi cabeza y toquen las fanfarrias y de entre las nubes baje una voz que diga "esta es mi hija muy querida y sobre ella derramo todas mis bendiciones"; nada más que porque ayer, al llegar a la facultad, junto a la puerta de Filología Hispánica, alguien había colgado un DIN-A4 más o menos violáceo con un poema lorquiano y el siguiente encabezamiento en letras mayúsculas: "PARA ANA". Tan solo ver semejante prueba de desesperación amorosa adherida a las venerables piedras del lugar donde trabajo --y habiendo estado el día anterior (mira qué casualidad: la vida siempre me hace estas cosas) revisando una de aquellas cartas en las que acostumbraba a practicar el suicidio moral con maestría implacable--, nada más verlo, digo, se me puso una pequeña lucecita en los labios que fue iluminándome el camino hasta el despacho: ¡pero si resulta que existe más gente arrebatada por las mismas locuras a las que yo me entrego! Ah, pero además el tipo --o la tipa: justo ahora se me ocurre que también podía ser una enamorada-- había trabajado a lo grande. Nada de un poemita a la puerta de la facultad; no, no: subía una las escaleras al primer piso, y encontraba otro Lorca; iba una a la biblioteca de Hispánicas y se encontraba un Salinas... Ante tal floración de poesía amorosa en las paredes de la Universidad, ¿cómo no iba a sentirme crecientemente afirmada, corroborada, legitimada?
Yo estaré loca, quién va a negarlo ya a estas alturas. ¡Pero no sola!
Juan Rulfo, Arrieros
En el último disco de Calamaro, ya domesticado el furor creativo que lo poseyera en El Salmón, mi tierno canallita argentino versiona El arriero de Atahualpa Yupanqui con la dulzura maestra que corresponde a ese personaje --a veces épico, a veces resignadamente humano-- del que día y noche se halla en el camino. Hecho el retrato del tal, hay un momento del estribillo en que la canción dice (pero hay que escucharla para que en la música y en la voz tome cuerpo de veras todo lo que las palabras quieren decir):
Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.
Esos cuatro versos encierran el manifiesto social más breve y complejo que conozco.
Andrés Calamaro
Parece ser que no es suficiente que la universidad pública se ahorre sueldos a costa de los becarios. Ahora también el sector privado saca partido de tan peculiar clase trabajadora. Porque digo yo: si un OCR puede confundir fácilmente las letras --y los editores lo saben--, si a pesar de que los procesadores de texto pueden corregir la ortografía, las galeradas salen con multitud de erratas --y los editores lo saben--, si picando una edición el mecanógrafo se salta palabras y hasta líneas enteras --y los editores lo saben--, si ocurre todo eso, ¿por qué carajo la editorial no paga a un corrector tipográfico? Porque ya está el becario del departamento de Literatura Española de cualquier universidad para hacer el trabajo, hombre... Y ahora tengo yo que batir el récord de lectura rápida metiéndome un libro de 400 páginas (edición crítica con notas incluidas)entre pecho y espalda en apenas 8 horas. Hay que joderse.
Bubión es un pueblo de la Alpujarra colgado a 1300 metros sobre el resto de la existencia. El cielo allí está en permanente estado de evaporación, y a lo lejos todo se ve tras un cendal que desdibuja el mundo. Quizá es por ese motivo, porque se halla ajena a todo lo que no es su propia vida, porque permanece ensimismada en el empinado laberinto cubista de sus calles, que la realidad en Bubión se basta y se sobra para llenar los días. Y sí: yo podría quedarme en ese pueblo la vida entera contemplando cómo florece el color en los pétalos de un geranio. Mi hermana dice que el problema en un lugar así es qué hacer si te da un infarto; pero yo digo que en Bubión eso es sencillamente imposible (puede uno morir de un testarazo al resbalar con el pavimento; pero de infarto, fijo que no).
El agua de la sierra mana a la vuelta de todas las esquinas, y por la noche, cuando ya no se oyen los pájaros ni la gente se detiene a hablar bajo los balcones, si uno cierra los ojos y pone atención, puede escuchar el borboteo de las fuentes. Es así, a ciegas y con los oídos anegados en rumores, como se aparece la imagen de un pueblo secreto y hondo: el de ese tiempo que se desliza sonámbulo por los arroyos, flotando sobre un oscuro, líquido sueño.
Gracias a Noelia, a Julia, a Jordi, a Margarita, a Sara, a Loli, a Celia y a Pau por no dejarme sola bajo la lluvia durante el episodio de las llaves y los llantos. Si no es por vosotros, se me cae la ciudad encima. Que os quiero más...
Durante las vacaciones volvió a sonar en algún pliegue remoto de mi cerebro la voz ancestral de la especie diciendo que el ser humano tiene su verdadero origen en el agua, que la postura más conveniente a la existencia es la horizontal y que la condición innata del hombre es la de no hacer nada (diga lo que diga Sara). En definitiva: se erigió ante mí la evidencia de que el trabajo es un puto invento calvinista.
¡Pero aquí estoy de nuevo, de pie, sobre el duro asfalto!
Siempre Forges...
Entre el vacilante número de muertos, la intervención de no se sabe si las fuerzas policiales o las milicias civiles, y la dudosa identidad de ese por lo visto único terrorista cuyas confesiones escritas por quién se retransmiten en televisión, entre todo ese marasmo confuso, solo hay un gigante que se levanta con una evidencia perfectamente definida sobre cada entierro. No voy a decir el nombre aquí porque ya está muy dicho en los telediarios y va a acabar por perder cualquier sentido, y porque la medida de la mordedura es tanta que se queda casi sin palabra que alcance. Sí diré, no obstante, que lo único que de todo esto puede intuirse es que el mundo no debiera dividirse elegantemente --se comprende: el señor Huntington es de Harvard-- entre civilización occidental y civilización islámica; sino que las diferencias ideológicas sostenidas por los habitantes del planeta deberían clasificarse según un criterio más pedestre, más áspero y descastado: de una parte, los locos poseídos de esa especie de furor nihilista que parece aquejarles; de otra, el pedazo de mundo que recibe las consecuencias. Negádmelo. Negadme que la frase de Vladimir --"la debilidad mata"-- no podrían pronunciarla George y Ossama sin que se les moviera un pelo.
Hace cosa de un mes escuchaba en BTV a Raphael Sorin --el editor de ese prodigio de lucidez histriónica llamado Michel Houellebecq-- hablando sobre las Torres Gemelas. Describía la época que le había tocado vivir --esta, esta, mis queridos-- como una vigencia del apocalipsis. Y lo asumía con el mismo gesto impertérrito con que antes se había referido al aburrimiento de su infancia o a las contradicciones del 68. Eso me estremeció; porque decía mucho de hasta qué punto tenía asumido ese desquiciamiento como diagnóstico certero sobre el mundo.
A medida que se multiplica el número de lugares en que es posible morir a causa de no pintar un pimiento en la feria de los locos, el escalofrío se me está convirtiendo, a mí también, en una cotidiana corroboración de las páginas de San Juan.
A Dios pongo por testigo de que cuando acabe el maldito artículo voy a tomarme una condenada semana de vacaciones...
Tanto tiempo echando al olvido lo mejor que me ocurre, como si fuese un signo equivocado, como si fuese una falsa pista colocada en el camino para que tropiece. Tanto tiempo perseverando en mi viejo propósito de secarme para evitar los estragos que estaba provocando un excesivo entusiasmo por la vida. Tanto sabotaje a las palabras. Al final lo logré: agostar el deseo. Se cede fácilmente al prestigio de la tristeza sin apenas atender a la complejidad del júbilo.
Pero voy a hacer de estos los días más hermosos.