Aquella mañana
Permanecí mucho tiempo preguntándome cómo podía yo estar durmiendo mientras aquello ya había sucedido (la tibieza bajo las sábanas frente al frío entre el acero desventrado). Todavía no sé, claro; qué coño voy a saber.
Permanecí mucho tiempo preguntándome cómo podía yo estar durmiendo mientras aquello ya había sucedido (la tibieza bajo las sábanas frente al frío entre el acero desventrado). Todavía no sé, claro; qué coño voy a saber.
Edward Hopper, Room in Brooklyn, 1932. Fragmento.
Cómo llega uno a pintar lo sencillo, lo callado, lo sumido en su soledad, en el momento inminente de revelar un secreto.
A todos aquellos que afirman sentirse fascinados por Amélie Poulin, me encantaría ver con cuánta rapidez se apresuraban a mandarla a hacer puñetas en cuanto ella irrumpiese en sus vidas.
Andrew Wyeth, Christina's world
Todas estas palabras inútilmente dispuestas.
Estas palabras que no me salvan de lo que no tengo.
Hay en Perfil del aire una relectura del carpe diem garcilasiano donde se afina la sensibilidad torturada ante el poder destructor del tiempo: no es que las rosas ya no puedan cogerse mudada la edad; es que la edad muda a cada segundo, y en su carrera vertiginosa hace impensable cualquier perdurabilidad de la plenitud. Lo lacerante, en Cernuda, es que esa conciencia de lo fugaz ni siquiera puede resolverse en tópico moral (coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre); porque la misma posesión del instante presente está envenenada por la agonía temporal: ¿De qué nos sirvió el verano, / Oh ruiseñor en la nieve, / Si solo un mundo tan breve / Ciñe al soñador en vano? Cernuda pasa por Garcilaso caminando hacia Manrique (ah el XX y sus aceleraciones): en esa vuelta de tuerca al curso de la tradición poética, Perfil del aire abandona toda voluntad de aprovechar engañadamente el momento, y es por ese despojamiento de paños calientes que en el libro solo queda el pálpito constante del deseo cuya realización niega el tiempo:
Cuán lejano todo. Muertas
Las rosas que ayer abrieran,
Aunque aliente su secreto
Por las verdes alamedas.
A mí me hace mucha gracia que en su momento los rectores catalanes se llenasen la boca con lo de la pérdida de independencia que las universidades iban a sufrir bajo la Ley de Reforma Universitaria. Cuando se trata de ahorrar sueldos en profesorado cubriendo las bajas con becarios, la independencia (y la normativa) se la pasan por el forro y deciden que, puestos a tener que pagar un salario, es mejor depender del que ya paga el Ministerio.
Eso sí, centenarios y brunchs, todos los que quieras.
Voces que se resisten a morir: eso es la tradición (y así la entiende, por ejemplo, un libro como Cuaderno de Nueva York). Ocurre, sin embargo, que rescatar los frágiles susurros de entre el olvido se consideraba antes empresa de salvamento colectivo. Ahora, no me atrevo a afirmar si para bien o para mal, la transmisión de esas voces se está volviendo a convertir en un rito para iniciados, para miembros secretos de una secta que cuchichea en algún rincón lóbrego de un pasillo universitario, que en madrugadas solitarias arrastra sus peregrinos pensamientos por algún andén del metro, que comparte un lenguaje antiguo y oscuramente encendido cuyo rumor ha de perderse en las sombras.
Xavier Pericay: La extinción del profesorado
Lorena lo dice con cierta frecuencia: el universo conspira. Lo que desde luego no comparto es el inconcebible optimismo promisorio con que ella pronuncia la frase. Porque cuando las estrellas se confabulan a millones de años luz sobre mi cabeza no lo hacen con otro motivo que con el de distraer su aburrimiento de siglos a mi costa. Véase si no el peculiar horóscopo que se ha cernido sobre mi existencia en el curso de los últimos días. Y sí: no acabo de descubrir que una amiga padece un brote psicótico (bendita tarde de jueves en la que escucho atónita sus teorías matemáticas sobre la Verdad Absoluta), cuando un compañero de trabajo, decidido a dar con sus huesos en la verdad descastada de su vida, por aquello de experimentar un momento epifánico, se me cae en la calle a las 2 de la mañana y se me rompe el cráneo. Entre llamadas a unas y otras familias --la hermana de ese compañero se las apaña para ponerme al día sobre la intimidad del tal con notable desparpajo y en tan solo diez minutos (ya no me siento tan sola en mi calidad de indiscreta declarada)--, entre informes de médicos varios, entre ires y venires, desde Manaus llegan noticias de la tormenta tropical que se ha desatado en el ánimo de Gurb, a quien ni los niños exultantes ante la expectativa de que su vecina europea les saque una foto, ni la posibilidad de contemplar la lejana playa de Ponta Negra tras cruzar el desconocido laberinto urbano, ni tan siquiera la certeza de cobrar 1300 mensuales le compensan de la soledad sufrida durante la compra de un frigorífico. Efectivamente: en estos tiempos todos los filos del abismo se encuentran al borde de una taza, y a menudo una lavadora o un sello en un papel dan la medida de la desolación. Yo no sé si el universo conspira o no; pero de lo que sí puedo dar fe --reflexiono sobre ello de vuelta casa por Gran Via, entre estudiantes de Matemáticas y agentes de seguros-- es de que el efecto mariposa se cumple indefectiblemente: un incremento en la producción de lisozima en las glándulas oculares de un ser humano que reside a miles de kilómetros de Barcelona provoca que en la Ciudad Condal una especialista en flores de Bach tenga que interrumpir su baño de esencias para atender la consulta de una hippy de pro venida a otros menesteres, y aun así acumuladora vitalicia de terapias a la que le ha confiado sus penas y sus nervios la becaria de un departamento universitario que esa mañana ha olvidado hacer unas fotocopias. Del aumento químico al descenso burocrático, el caso es que con objeto de no provocar más alteraciones en el transcurso natural de la existencia propia y ajena, Gurb decide que las noticias sobre su persona ya no van a llegar de Brasil, y se vuelve con los amigos en un vuelo donde conoce a un argentino muy salao. Entretanto mi amiga me informa de que ciertamente ella posee un gen cervantino, y que de las pastillas que la psiquiatra le ha recetado, la primera y la última, vive Dios. Yo escucho atentamente sus afirmaciones sobre la extraña casualidad de que en este año coincidan el centenario del Quijote, la celebración del final del Holocausto, el aniversario de la primera publicación de Einstein y un rebrote de la beatlemanía --el universo conspira, recordadlo--, y mientras ella se queda en casa elaborando un plan geométrico para instaurar la paz mundial, yo tengo que acabar de una buena vez y sin muchas ganas ni mucho acierto mi relato para Luisa. Pero el alivio que siento al ponerle punto final y pensar que, ahora sí, voy a entregar todo el tiempo disponible a la tesis --adiós a la dispersión mental, adiós a la molesta fragmentación de objetivos--, ese alivio, digo, se desvanece cual pérsida cuando un nuevo incidente --la gripe de mi director de tesis, para más señas-- se interpone entre mi frágil disciplina y yo. Es infalible: se trate de las pruebas de un libro que ya corregido acabará por no editarse, de una habilitación de cátedra que me obliga a dar las clases del ausente, o de una hecatombe vírica que escoge mis intestinos para tener lugar (aparte las ineludibles disbauxes sentimentales que me asaltan cada tanto), cada vez que se abre ante mi mesa un tiempo propicio al trabajo llega a ocuparlo cualquier tarea cuyas iniciales dimensiones insignificantes acaban por adquirir la magnitud de una tragicomedia (nunca habría imaginado que unificar el uso de las mayúsculas de un libro pudiera suscitar tanto conflicto ortográfico). Y sí: el universo conspira. Hasta tal punto que este domingo conozco a un tipo guapísimo que me tacha de intolerante y de falta de juicio crítico por causa tan justificada como la de oponerme a la postura que insiste en remover la propia mierda y que erige ese gesto en estandarte de la autenticidad. Como opino que el dolor siempre duele (que se lo pregunten al del cráneo roto) y que la vinculación de la genialidad al sufrimiento es un mito de la modernidad literaria que ha causado estragos y ha producido toda una estirpe de pseudomalditos aferrados gratuitamente a su pose --siempre es útil y elegante absolver la propia mezquindad rezando el Padrenuestro del talento excepcional--, como afirmo que la propuesta vital de Horacio Oliveira está obsoleta --y negada dentro mismo de Rayuela-- desde que Roberto Bolaño mostrara la sordidez moral que también habita en la vida bohemia, como critico que al bien se le niegue la complejidad y la hondura que se le atribuye al mal (cuando precisamente lo más fácil tras el estrago es reproducir el estrago y extenderlo), como no me creo sus disertaciones sobre la lucidez extraordinaria de los seres torturados, como hago todo eso y además lo hago en un tono indignado que me hace quedar como una energúmena malhablada --siempre me pierde la vehemencia--, este niño de cejas larguísimas me compara con Isabel la Católica, y si lo dejo seguir por ese camino, seguro que con Torquemada (yo que creía que mi natural obsesivo y emocionalmente dependiente me acercaba sin duda a Juana la Loca). Y en fin: en tanto que procuro deshacerme del dejo de culpabilidad que me queda tras haber armado semejante discusión cenando en casa de unos amigos --yo y mi enfermiza necesidad de aprobación ajena--, Noemí me apura para que acabe de leer La voz cantante (ah niño-pollo convertido en catedrático de Historia del arte en lucha contra el Diablo) y el módulo de Psicopedagogía del CAP amenaza con acaparar mi atención durante los días que tarde en redactar el balance del curso que nos ha pedido la profesora correspondiente. Ignoro cuál es la estrellita del carajo que me ha metido en esta incesante carrera de obstáculos; pero si algo hay que reconocerle es que trabaja a conciencia, la muy.
Menos mal que la poesía de Cernuda.
Menos mal que la banda sonora de Amelie.
De otro modo, ¿quién se las arregla para afrontar este concienzudo sabotaje cósmico?
Que sí, que sí: que a mí la vida me toma por el pito del sereno.
Copio un fragmento del mail que mi hermana ha enviado hoy. Como aquello otro de Glauber Rocha, la frasecita aquí no tiene desperdicio: "Se Deus é com nós que será contra nós. Este mensaje preside una de las casitas del barrio donde vivo. Es un barrio humilde donde la gente hace vida en la calle cuando se pone el sol. Antes es realmente imposible. No sé qué pensaréis vosotros pero a mí me sorprende el contraste entre la piedad devota de esta gente humilde y este tipo de frases contestatarias".
(Por cierto: el pelo lo tiene ya completamente alborotado.)
Está Cernuda bebiendo del influjo valéryano en la poesía española --a través de Guillén y de Salinas, grandes popes que marcan el paso de los más jóvenes con esos poemas a los que, según frase certera de Julia, se les ven todas las aristas--, y aun haciendo sus primeros pinitos en la poética al uso, no puede menos que sentir frío. Sí señores: Cernuda siente frío entre tanta claridad y tanta cosmogonía y tanto pleno mediodía. Se ha dicho que Perfil del aire, del 27, fue una obra guilleniana (opinión que cabreó indeciblemente a Cernuda, por cierto); y sin embargo la ética que sostiene el primer libro del poeta sevillano no puede formularse sino como una contestación a Guillén: ’que sí, que sí, maestro, que la existencia es hermosa y la creación es perfecta y que el cosmos gira armónica y pitagóricamente; pero que mi reino es de este mundo --aunque en este mundo yo sea el exiliado--, que si "la tierra gira" lo hace dentro de un ritmo impalpable a no ser que se lo escuche en el latido humano, que "soy memoria de hombre" y "luego nada", que si la vida destila esa plenitud de perfiles metafísicos, yo me pregunto por el labio concreto que será motivo de mi celebración, y que por tanto te dejes de historias y me muestres el cuerpo en que amaré la realidad’. Ese impulso irrenunciable explica la incomodidad de Cernuda al marchar por los cauces del primer 27, aquellos que se proponían tender una red formal químicamente pura a la intuición poética para sustraerla al paso del tiempo (con el riesgo de entregarla para siempre a los dominios de lo glacial). Ese impulso explica también que Cernuda se encontrase después a sus anchas en el lenguaje surrealista. De ese impulso y de su frustración surge inevitablemente --y el adverbio no es gratuito-- toda la poesía cernudiana.
...y casi a un salto del Pacífico, está ya mi hermana, que después de 17 horas de viaje, una tormenta tropical que ha dejado la ciudad sin Internet (vientos de 88 km/h según A Crítica Digital), una hilarante subida de 44 quilos de maletas a un 3º sin ascensor, y una fascinada toma de contacto con el paisaje, el paisanaje, el ruido y los olores de la capital del Amazonas, ya se ha instalado en Manaus. A pesar del calor insoportable (me pregunto cómo debe de habérsele puesto el pelo a estas alturas), le envidio las horas de luz y la posibilidad de trabajar en plena floresta amazónica. Y como todavía estoy a la espera de las fotos, de momento me apaño con esta e inauguro la sección de noticias sobre Brasil.
Mucho trabajo, mucha desorientación y mucho silencio sobre mí misma, como si no quisiera enterarme de lo que está ocurriendo en algún lugar sombrío donde los hechos se digieren mal. A principios de enero leía yo un post de alhua sobre el modo en que a veces los demás son un espejo en que nos aconsejamos a nosotros mismos. Eso me ha ocurrido ahora a mí con su post de hoy: afirmándole la beligerante cabezonería de no convertirse uno en la alcantarilla de nada, no he podido menos que acordarme de mí, en la cena de ayer, vistiéndome de erizo (traje que no me va ni aunque me lo arreglen). He tenido que sonreírme a medias, y se me ha pasado un poquito el encono.
Veremos a ver si el paso de los días me trae la calma.
BBC-News
Not "Revelation" -- 'tis -- that waits,
But our unfurnished eyes --
The South-East Asia Earthquake and Tsunami Blog
Isidre Nonell, Reposo, 1902. Museo de Arte Moderno del MNAC, Barcelona.
Las gitanas de Nonell. La rotundidad del cuerpo en un sentido muy distinto a aquel en que Manet lo plantea con Olympia, donde la impiedad de la luz revela cómo a la altura del XIX la burguesía europea había extraviado el legado cultural del Renacimiento en algún prostíbulo de París. En Nonell, en cambio, es la densidad grávida del color la que descubre al cuerpo como volumen trágico, resignado a su propio peso, entregado sin resistencia a la miseria de tan solo poseerse a sí mismo. El cuerpo como un fardo que acumula siempre la misma porción de tiempo silencioso y reconcentrado, el mismo pedazo inerme y pobre y despojado de barro originario.
Todo esto a propósito de unos versos de valter hugo mãe:
gente de lã, golas
manchadas, um cobertor
pelas costas no fundo do dia, a
noite e a oração, deus nos perdoe a ferocidade, a dor tão
profunda, a comida mal servida,
o vocabulário dos
filhos, a virtude e o cheiro
das raparigas, o asseio da páscoa, a
pressa do terço e
a maldição do seu
nome
dormem pedras fechadas
tombadas no silêncio como en sustento
(Perpetro una traducción: gente de lana / gargantas manchadas, un cobertor por la espalda al fondo del día, la / noche y la oración, dios nos perdone la ferocidad, el dolor tan / profundo, la comida mal servida, / el vocabulario de los / hijos, la virtud y el olor / de las muchachas, el aseo de pascua, la / prisa del rosario y / la maldición de su / nombre // duermen piedras cerradas / tumbadas en el silencio como en sustento. De tres minutos antes de a maré encher, Vila Nova de Famalição, Edições Quasi, 2004, p. 10.)
Mª Helena Vieira da Silva, Biblioteca en llamas, 1970-1974. Centro de Arte Moderna. Lisboa.
Tengo un amigo al que no le gustan las novelas. Dice que para que le hablen de cómo funcionan los seres humanos no es necesario que le expliquen el rosario de peripecias que le acontecen al protagonista. Que para eso se lee el libro de un psiquiatra o de un sociólogo. Pero yo digo que el privilegio de la novela es absorber todos esos discursos --el psicológico, el sociológico, el antropológico, el médico, el económico-- y hacerlos carne. Que no hay libro de sociología capaz de que un lector comparta íntimamente --que es la única manera de comprender: con los propios huesos-- la experiencia de cómo lo público penetra hasta lo más recóndito de lo privado y acaba destruyendo la vida individual, tal y como lo consigue, un poner, Otra vez el mar. Que no hay tratado de psicología que pueda hacerle palpable a un lector la indefinición irreductible a palabra de algunos sentimientos, como lo logra La Regenta. Que lo que en el libro de un economista es una teoría seca, en la novela se trenza vivamente con el cuerpo del personaje. Y eso que la palabra perro no muerde...
Un tipo que rechaza un sillón en la Real Academia alegando que lo que él necesita es un faro, es un gran tipo. Pero un hombre que por segunda vez elude el sillón académico bajo excusa de que lo que el necesita es un piso, eso, señores míos, eso linda ya con la genialidad. Si además se tiene en cuenta que el tal personaje hace esa declaración a la altura de 1952, no puede uno menos que sacarse el sombrero ante el cerebro preclaro de Julio Camba. Yo a Camba lo conocía tan solo de nombre, por unos artículos que me encargaron buscar una vez en Las Noticias de Barcelona, y que (creo recordar) finalmente no encontré. Nunca lo había leído; pero después de hacerme con La casa de Lúculo concluyo en que el libro es una delicia: hay en él un vientecillo que se ríe y que entra y sale constantemente por entre las palabras (iba a decir versatilidad, iba a decir fluidez, pero he preferido la idea del oxígeno), y que las mantiene siempre ventiladas, impidiendo que el tiempo las corrompa. Hay también la ironía del hedonista que de joven durmió sobre los parques del Retiro y de viejo acabó sus días en la habitación más barata del Palace (favor personal de Juan March, banquero él), habiendo recorrido medio mundo en el entretanto: ser corresponsal de prensa, es lo que tiene; forjar un humorismo de cuño novecentista, a la altura de las caricaturas de Bagaría y anticipador --la tradición filológica catalana me perdone-- del de Pla, también. Gallego él, a Julio Camba sin embargo hay que imaginárselo en pleno Mediterráneo y a punto de descubrir la verdadera razón de ser de la herencia griega: coger un cogollito tierno, echarle un chorreoncito de aceite y comérselo con los dedos, celebrando la milenaria tradición de los sabores (saberes) esenciales y encontrando en ella un dique a las aguas del tiempo. Eso es, condimentado con una ingravidez prodigiosa para la voltereta argumental, La casa de Lúculo.
Casa-Museo hermanos Camba
Forges forever.
Para ser justos con el mundo y contradiciendo una de las afirmaciones del post anterior: no era una historia sin valor comprobado; solo que yo entoces no lo sabía. Ese es el problema del monólogo interior: que uno se lo guisa y se lo come todo en el recinto un poco turbio de la cabeza. Suerte que a veces la realidad acierta con las intromisiones.
Vamos a ver: primero, un cuento (Luisa me va a matar, si no); segundo, una tesis (que de por sí es maraña suficiente como para requerirle el hilo a Ariadna); tercero, el CAP (esta semana tengo reunión con la tutora); cuarto, Paul Celan, Emily Dickinson, José Ángel Valente, Blanca Varela, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik, Luis Cernuda, Carlos Marzal, Claudio Rodríguez, a quienes tienes bastante abandonados de un tiempo a esta parte. Y mi hermana que se va al Amazonas el 21. Querida mía: habiéndote ya deshecho del imperio que sobre tu cerebro ejercía una historia sin valor comprobado y teniendo todo ese trabajo por delante, teniendo todos esos territorios en los que echar raíces (porque mira que tan solo una antología de la Dickinson es ya una morada infinita por cuyas galerías deambular), y sobre todo, teniendo unos amigos como los que tienes, ¿por qué no te dejas de veleidades y entras en materia?
Blanca Varela: sueña contigo misma y basta.