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aunqueseaceniza

۲ ﻣﺭﺗﻦ

۲ ﻣﺭﺗﻦ

Marc Chagall, El paseo. 1917. State Russian Museum. San Petersburgo.

Diccionario Yahoo-Gurb

a
failure delivery.
loc.  Jódete deliberadamente.
a

La princesa está triste...

a
... ¿qué tendrá la princesa?

¡¡¡Pues un puñetero servidor de correo atragantado!!!
Si cuando yo digo lo del enano cabezón...
a

Alea jacta est...

a
...o cualquier cosa que sea conveniente
decir cuando uno echa pie al barranco.
a

Las gallinas del Licenciado

Las gallinas del Licenciado

Zurbarán, Naturaleza muerta con naranjas, limones y una rosa, c. 1633. Norton Simon Museum of Art, Pasadena (detalle).

Se abren los cuarterones de las ventanas en una habitación y de pronto las cosas más sencillas que en ella reposan --una bolsa de muaré, el cristal de las copas, el color tostado de unas yemas-- revelan un esplendor pequeño y tranquilo que silenciosamente se ofrece al mundo. Como si esas habitaciones en las que entra la luz fuesen una imagen de lo que la palabra puede albergar y cómo, aparecen en ellas los objetos desnudos y atenidos a sus líneas esenciales. Una callada presencia suficiente: las cosas recogidas con su secreto, pero sinceras y disponibles a la vista del que las quiera ver.

A vueltas con...

A vueltas con...

silencio 

Pensando en el final de Las gallinas del Licenciado, donde el comerciante de plumíferas dice que las cuentas que tocan al alma no son para "arabescos de escritores" ni para "escrituras de enredo y palabreo", pensando en cómo la novela de Jiménez Lozano propone, en las memorias cervantinas dictadas a un simple escribano, una palabra silenciosa y al margen del poder que recoja el secreto frágil de las cosas y las intimidades heridas ("es que hay seres así pisados en el mundo, Catalina"), recuerdo la voluntad de Pasavento de "captar el destello de la vida plena e inexpresable, no sofocada por el poder". Y se me ocurre entonces --ni que la idea fuese mía: véase Julia Kristeva-- que ahí está el problema del pseudo-Pynchon y de toda propuesta semejante: que no hay lenguaje al margen del poder (y menos cuando ese lenguaje se imprime por encargo de Anagrama o Seix-Barral), que toda poética --por subversiva que sea, o sobre todo cuanto más lo sea-- supone una forma de prestigo en un determinado círculo. Aunque ese círculo sea el de los malditos, o sobre todo cuando lo es.

ﻦﺗﺭﻣ

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"Quiero que pongas en este papel todo aquello que te gustaría que desapareciera de tu vida", le dice.

"El silencio", escribe entre otras cosas.
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Y tres

Es conveniente que la misma secreta ironía que recorre las páginas de Walser se aplique como criterio de lectura a Doctor Pasavento y a la consideración de su personaje; porque de otro modo, el conjunto es una visión complaciente del malditismo artístico, una vuelta de tuerca al más que manido nihilismo que postula el silencio pero que aprovecha todas las prerrogativas de la palabra.  O por lo menos corre el riesgo de ser interpretado de tal modo.  Porque lo malo es precisamente que no estoy segura de que las estrategias de la novela propicien siempre esa mirada irónica: en muchas ocasiones, las incoherencias, las travesuras para épater le bourgeois (que en realidad encantan a le bourgeois a causa de ese insoslayable mecanismo de asimilación por el que la clase media desustancia cualquier gesto irreverente y lo convierte en signo de estatus), los patéticos intentos de desmarcarse de la infame turba por parte del personaje narrador, todo eso, digo, parece más de una vez un programa realmente defendido.  Y entonces ya no es que el narrador quiera ser nadie (no habría voz y no habría novela si así fuera): es que quiere sentirse mejor que nadie.  Esgrimir el anhelo de anonimato como una prueba de superioridad moral convierte una metáfora de la creación literaria --entendida como búsqueda de un territorio liberado de lo público donde lo más auténtico del yo, o la verdad, o su “callejuela real, húmeda, oscura y estrecha” puedan aflorar-- en artificio para distinguirse aristocráticamente. 

 

Pero de distinguidos bohemios está la calle llena.  El programa de la vanguardia artística ha muerto de éxito indiscutible, y los doctores Pasavento pueblan hoy las facultades de Filología, de Filosofía o de Bellas Artes (el gesto de este pseudo-Pynchon en los lavabos del Lutetia se repite diariamente en las universidades, de modo que, si ese es el criterio creativo, no todo está perdido en este país, mi querido doctor).  Puedo dar fe, sin embargo, de que esas originales cabezas manejan con soltura inusitada el tópico al uso (siempre y cuando el tal convencionalismo derrame sobre ellos aroma de dadá), y de que sus vidas se sostienen sobre un sentido del cálculo, una habilidad social y una facilidad para el desapasionamiento respecto a lo que no conviene al tamaño de sus egos, que ya las quisiera para sí cualquier Diego Corrientes.  Resulta que hoy la gesticulación baudeleriana justifica toda una serie de miserables rutinas morales tan burguesas como aquellas que el dandysmo pretendió socavar.  Y yo ya estoy hartita de humo, qué quieren que les diga.

La novela se salvaría en la carcajada estrepitosa del novelista respecto a lo que dice su personaje.  Pero es que no se la oye más que con la boquita pequeña.  Como diría mi madre.
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Doctor Pasavento

Doctor Pasavento

Li Zhensheng, 1971 

Bueno. Está bien. Convengamos en que es hermosa la muerte de Walser en la nieve (el último micrograma en medio de una blancura afilada y fría).  Pero el mérito de eso es de Robert Walser, qué duda cabe.

Todo lo demás ya lo dijo Paul Valéry en cinco o seis líneas.

Así que ya me dirán.
a

Pffff...

s
¿Saben qué?  Que estoy hasta las narices del doctor Pasavento, el cual podría haber tenido la delicadeza de desaparecer antes de largar su verborrea neurótica en el condenado Moleskine. 
s

Y tú que lo digas

Y tú que lo digas


por una vivienda digna

El guerrero del antifaz

El guerrero del antifaz

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Mira que he tenido que oír sandeces este mes (además de asistir atónita a ese obsceno  baile sobre las tumbas que se está llevando a cabo en nombre de la tesis del golpe de Estado); pero desde luego la del ocurrente doméstico de Murdoch se lleva la palma.  Azorín vino a decir una vez que, siguiendo una ley de equilibrio universal, las mentes sanas de un país no se entendían sin la existencia, complementaria e indispensable, de las anómalas.  De lo cual se derivaba indefectiblemente que no habría habido Góngora sin el enano don Sebastián de Morra.  Pues eso.

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Genio y figura

M.: --¿Y qué tal?
G.: --Aquí, con mis thanatos.

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Córdoba

Córdoba

aaaaaaaaaaa

aaaaaaaa 

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aaaaaa

aaaaaaaaaaaaaaaaa

aaaaaaaaa

aaaaaaa

aaaaaaaaaaaa

Íntimo bosque de piedra, el alma a la sombra de su ensueño recóndito.  He aquí cómo se construye el aire, cómo confiar al regazo penumbroso de la luz la imagen del corazón que tiembla.

Violencia onírica

Violencia onírica

Aubrey Beardsley, ilustración para E. A. Poe, The Black Cat (1901).

Sueño con D.  Sueño con J., y con su madre y su abuela (que están fregando el suelo de rodillas).  Sueño con un gato negro que no recibe nada del bocadillo que yo voy comiendo por la calle, de modo que decide lanzarse sobre mi boca, el morro superior dentro de ella, la mandíbula inferior clavada bajo mi barbilla (siento dolor, pero menos del que debiera).  Cuando logro desenganchar al gato de mi boca, lo agarro por el cuello y comienzo a sacudirlo una y otra vez contra el suelo (cual el tipo que sale en la portada del disco de Siniestro Total con la gaita correspondiente).  En cada golpe siento al animal como un fardo, y el trompazo sordo pero perfectamente ensañado y enervador y denso subiéndome por los brazos.  Cuando me incorporo de esa escena betunosa, el gato desaparece.  Camino hacia una esquina donde me esperan mi hermana y mi padre, y al paso farfullo unas cuantas palabras: mi lengua hace caer algunas migas ensangrentadas.  Sueño con Adela, que me dice que poca broma con los gatos, que a ella se le enganchó uno a la cara en una ocasión, y se las vio para deshacerse de él. 

(Gato furioso.)

Mis pies

Mis pies

Se los ve tan seguros sobre el suelo, que habrá que seguirlos a donde vayan.

a

Viaje al origen

Viaje al origen

Todo comenzó tras esa puerta.  No en el Esperón ni en el paseo de Alcalá ni en la casa de 3 pisos —oh prodigio de ladrillo que el dinero trajo— de la tía Santos; sino camino de la Salá, bajo el techo de los don nadie (el último toque de la bandurria, según inspirada metáfora musical), al fondo del callejón sin salida que desde este caluroso agosto postmoderno sube con arabesco de laberinto musulmán hasta el lugar recóndito en que mi vida pulsa su comienzo incesantemente.  Tras esa puerta roída por más de 90 años hay un montón de cascotes entre los que las ratas corren, y hay una mujer que enciende un quinqué porque la noche ya cae sobre el trabajo del fragüero.  Tras esa puerta están la ruina del tiempo y el corral donde juega mi tío con cuatro piedras.  Está la niña cursi a la que la familia no permite casarse con el hombre más guapo de Alcalá de los Gazules —esa tez en la que se intuyen todos los lugares del deseo, esa mirada donde se mece el turbio océano que también ondula en los ojos de los alcalaínos durante este caluroso agosto, ese inconveniente de pertenecer a la estirpe de los chulos (el último toque de la bandurria, ah las creaciones de la lengua popular)—; pero que al final se casa con él (el otro novio bajó una mañana del cementerio brioso y pletórico de fusilamientos: María, vengo de sangre hasta aquí), y vive en el cuchitril de un suburbio sevillano donde cría a mi madre y a mi tío mientras teje el mito de su perdida riqueza y sueña con un piso en propiedad.  Tras esa puerta está mi hermana poniendo en órbita la vida, está la histeria posthippie de mi vecina, está el pozo con roldana del que inagotablemente brota la generosidad de N.  Está mi cama y está tú habitación y un taxi en la Meridiana.  Está el paisaje de luz rotunda que en el sencillo horizonte de cada dehesa alumbra un relato de mi abuela.  Está el hermano borracho de mi abuelo rodando por las calles del pueblo.  Está la modistilla sevillana que conoce a un hombre por correspondencia y se casa con él en Barcelona.  Está el despacho universitario donde su hija escribe un post medio clandestinamente.  Está la calamitosa vida sentimental de esa hija, y este cielo que le madura las lágrimas, y el deseo que acaricia con morosidad el cuerpo insignificante de unas pocas anécdotas (M. me mira de reojo con una dulce desconfianza: mientras lía un cigarrillo busca el motivo con que traerme de vuelta a la conversación de la que me he exiliado recién acabada la cena).  Está el interno de 8 años que agarra con temor prehistórico el teléfono, trastornador endiablado de tiempo y espacio que trae hasta él la voz de sus padres (de mayor quiere ser administrativo, conocer por carta a su mujer y crear con ella un monumento al absurdo en cada una de las broncas que levantan al dios de la nimiedad: mucho, mucho ruido).   Está una mujer que sale a buscar el pan en alpargatas (la de Salvaorillo el chulo, lo más bajo de Alcalá, el último toque de la bandurria). 
Está el pulso del tiempo desparramándose de aquí a 1000 kilómetros de distancia. 
Están las vigas caídas. 

No traspaso la puerta.
No quiero que las imágenes huyan en desbandada. 

Asesinos

Regardez autour de vous, et regardez-vous vous-même: le monde grouille d'assassins, c'est-à-dire, de personnes qui se permettent d'oublier ceux qu'ils ont prétendu aimer. Oublier quelqu'un: avez-vous songé à ce que cela signifiait ? L'oubli est un gigantesque océan sur lequel navigue un seul navire, qui est la mémoire. Pour l'immense majorité des hommes, ce navire se réduit à un rafiot misérable qui prend l'eau à la moindre occasion, et dont le capitaine, personnage sans scrupules, ne songe qu'à faire des économies. Savez-vous en quoi consiste ce mot ignoble ? A sacrifier, quotidiennement, parmi les membres de l'équipage, ceux qui sont jugés superflus ? Les salauds, les ennuyeux, les crétins ? Ceux qu'on jette par-dessus bord, ce sont les inutiles - ceux dont on s'est déjà servi. Ceux-là nous ont donné le meilleur d'eux-mêmes, alors, que pourraient-ils encore nous apporter ? Allons, pas de pitié, faisons le ménage, et hop ! On les expédie par-dessus le bastingage, et l'océan les engloutit, implacable. Et voilà, ma chère mademoiselle, comment se pratique en toute impunité le plus banal des assassinats.

Amélie Nothomb, Hygiène de l'assassin, Albin Michel, 1992, p.182.

Líbano (IV)

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Tomo esta carta de arponera.

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Cuba

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Cuando las barbas de tu vecino veas liberar...

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