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Viaje al origen

Viaje al origen Todo comenzó tras esa puerta.  No en el Esperón ni en el paseo de Alcalá ni en la casa de 3 pisos —oh prodigio de ladrillo que el dinero trajo— de la tía Santos; sino camino de la Salá, bajo el techo de los don nadie (el último toque de la bandurria, según inspirada metáfora musical), al fondo del callejón sin salida que desde este caluroso agosto postmoderno sube con arabesco de laberinto musulmán hasta el lugar recóndito en que mi vida pulsa su comienzo incesantemente.  Tras esa puerta roída por más de 90 años hay un montón de cascotes entre los que las ratas corren, y hay una mujer que enciende un quinqué porque la noche ya cae sobre el trabajo del fragüero.  Tras esa puerta están la ruina del tiempo y el corral donde juega mi tío con cuatro piedras.  Está la niña cursi a la que la familia no permite casarse con el hombre más guapo de Alcalá de los Gazules —esa tez en la que se intuyen todos los lugares del deseo, esa mirada donde se mece el turbio océano que también ondula en los ojos de los alcalaínos durante este caluroso agosto, ese inconveniente de pertenecer a la estirpe de los chulos (el último toque de la bandurria, ah las creaciones de la lengua popular)—; pero que al final se casa con él (el otro novio bajó una mañana del cementerio brioso y pletórico de fusilamientos: María, vengo de sangre hasta aquí), y vive en el cuchitril de un suburbio sevillano donde cría a mi madre y a mi tío mientras teje el mito de su perdida riqueza y sueña con un piso en propiedad.  Tras esa puerta está mi hermana poniendo en órbita la vida, está la histeria posthippie de mi vecina, está el pozo con roldana del que inagotablemente brota la generosidad de N.  Está mi cama y está tú habitación y un taxi en la Meridiana.  Está el paisaje de luz rotunda que en el sencillo horizonte de cada dehesa alumbra un relato de mi abuela.  Está el hermano borracho de mi abuelo rodando por las calles del pueblo.  Está la modistilla sevillana que conoce a un hombre por correspondencia y se casa con él en Barcelona.  Está el despacho universitario donde su hija escribe un post medio clandestinamente.  Está la calamitosa vida sentimental de esa hija, y este cielo que le madura las lágrimas, y el deseo que acaricia con morosidad el cuerpo insignificante de unas pocas anécdotas (M. me mira de reojo con una dulce desconfianza: mientras lía un cigarrillo busca el motivo con que traerme de vuelta a la conversación de la que me he exiliado recién acabada la cena).  Está el interno de 8 años que agarra con temor prehistórico el teléfono, trastornador endiablado de tiempo y espacio que trae hasta él la voz de sus padres (de mayor quiere ser administrativo, conocer por carta a su mujer y crear con ella un monumento al absurdo en cada una de las broncas que levantan al dios de la nimiedad: mucho, mucho ruido).   Está una mujer que sale a buscar el pan en alpargatas (la de Salvaorillo el chulo, lo más bajo de Alcalá, el último toque de la bandurria). 
Está el pulso del tiempo desparramándose de aquí a 1000 kilómetros de distancia. 
Están las vigas caídas. 

No traspaso la puerta.
No quiero que las imágenes huyan en desbandada. 
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