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Semilla del tiempo

Semilla del tiempo

Modest Cuixart,  Aonia, 1994.

Había escuchado ya antes La leyenda del tiempo, porque mi niña J. --modistilla que a la sazón iba por la vida escandalizando a ingleses acartonados-- me prestó el CD allá por el inicio de este milenio. He de confesar que en aquella época el oído no me dio más que para que se me pegase lo de nadie puede abrir semillas en el corazón del sueño. Este domingo, sin embargo, reparo en la voz de Camarón, que en realidad no es la voz de Camarón, sino un cúmulo de tiempo antiguo y oscuro que brota de su cuerpo. No sé si será alucinación acústica --pues todo es posible en el sopor de una tarde de domingo--; pero lo que sucede con la Nana del caballo grande es cosa de sortilegio (como el que experimenta el deán de Santiago a manos del mago Illán, o el que suspende al abad Virila en medio del bosque durante 300 años, o aun el del tiempo recobrado de Marcel). Porque de pronto lo que ahí canta es un eco que viene de muy lejos y trae consigo el sedimento de voces y rostros anteriores. Lorca decía que el duende es la capacidad de traer a superficie todo aquello --hombres y caminos y dolores y paisajes y derivas y raíces y planetas-- que se encuentra enterrado en la mina negra de los siglos. O algo así. Y eso es lo que hace la Nana, que como el agua detenida al pie del puente, no se sabe muy bien lo que lleva porque es capaz de llevarlo todo.

Hay una larga, larga noche en la voz de Camarón.

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