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Ora et labora

Ora et labora

Gurb va al médico de cabecera para consultarle sobre el que ya es tercer catarro del verano (ese equipo de aire acondicionado suspendido justo a su espalda).  Aprovecha y le pregunta a la doctora acerca de sus mandíbulas: ¿por qué si ya no se encuentra en aquel infiernillo oficinesco que le crispó los trapecios en hermosísimo caso de contractura muscular, sigue apretando los dientes por las noches?  ¿Por qué, si ya no continúa siendo asaltada por las iras del cliente razonablemente encolerizado?  Gurb está contenta con su trabajo.  Gurb ama esas dulces solapas satinadas de los libros a los que da el apresto final.  Es cierto que últimamente ha tenido que asumir más responsabilidades; pero podría decirse incluso que eso lo ha tomado por el lado bueno.  (Y las solapas siguen siendo tiernas y satinadas.)  ¿Por qué entonces Gurb hace rechinar los dientes?

La doctora ofrece una explicación inesperadamente trágica.  Dice que ese rechinar forma parte de la personalidad de Gurb.  Que su sentido del deber se manifiesta de ese modo.  Que su educación la ha llevado a interiorizar la responsabilidad de esa forma tensa y sostenida.  Los crujidos molares de Gurb son como un fatum.

Cuando Gurb me lo cuenta, no puedo menos que dedicar un momento al recuerdo de las monjitas que nos inculcaron con denuedo el bendito sentido del deber.

(De madrugada, como un estrépito de guijarros oscuro e íntimo, se oye el chasquido de los dientes de Gurb.)

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