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aunqueseaceniza

A 9 de julio...

A 9 de julio...

... y sin vender una escoba. Si me descuido, hasta se me olvida cómo entrar en el administrador de este bicho.

Lo peor es que después de tanto tiempo, tocaría un post largo y socarrón, como siempre que he perdido ligeramente el oremus; pero a decir verdad, mi cabeza está tan empantanada que no sé si podré sacar algo en claro del cenagal (Marina: para encontrar algo no queda más remedio que meter los pies en el barro, siempre con el riesgo de que lo único que obtengas sea fango). Entre mi enorme capacidad para la procrastinación (otra marinada), mi pereza irreductible y mi miedo a no poder enhebrar los fragmentos con una puntada que sea tan ágil como suficientemente caótica y secretamente ordenada, me he pasado dos horas (si no días) deambulando por casa (si no por esta Barcelona de nuestras servidumbres) para ramonear inútilmente mis penas antes de atreverme con la vuelta al blog. En fin, más me hubiese valido irme a la playa o comenzar a releer Castilla, sacarme de las arenas movedizas tirando de mi propia coleta (el barón de Münchhausen dixit) y escapar a la desidia --viscosa y tentacular cual monstruo del pantano-- a la que me he abandonado tras acabar los exámenes. Porque sea a causa de una arraigada y tortuosa culpabilidad del becario (todo profesor no es más que un pequeño y atemorizado becario que sigue alimentando en algún rincón de sí mismo el pánico que le acometiera cuando entró por primera vez en el despacho de su director de tesis: sí, incluso Dios), sea porque la ociosidad conduce indefectiblemente a la melancolía (esto me pasa por tomarme a pecho a Robert Burton), mi veraniego estar sin hacer nada desemboca casi siempre en tormentas mentales donde cualquier pequeñez alcanza la condición de rayo que me parta en dos: apunté con mi piedra, mas yo misma fue todo lo que cayó. Es por eso que mi loquera, después de alinearme los chakras --acepto ser el objeto de su ciencia mágica con dosis iguales de curiosidad, escepticismo y asombro--, me pone como deberes planear por completo la temporada 2007-2008.

Lo cual me recuerda que cuando era niña y los proyectos surgían comodamente del colegio, todo era más fácil. También yo estaba más entera y parecía poseer un centro firmemente prendido a sus solos placeres: tebeos, tebeos y libros de texto; no hubo otra edad en la que tan perfectamente y con indiferencia absoluta de todo lo demás, un tebeo y yo formásemos un universo suficiente (así fue como conocí la jouissance del texto, mal que les pese a Harold Bloom y a George Steiner). Ocurre, además, que soy como el asno de Buridán, y que en cuanto decido preparar las sesiones para el curso de Doctores, recuerdo que también podría seguir la abandonada lectura de Alejandra Pizarnik --por no hablar de mi pobre e intrincado Celan, de Cernuda, de la Dickinson, de Hierro, de Juan Ramón--, o emprender la de Ana Karenina, o modificar el programa de Literatura III y darle unos toquecitos por aquí y por allá, o meterme en el Archivo Histórico y someterme a su tortuoso sentido de la biblioteconomía con el objeto de reunir los materiales necesarios para el congreso de noviembre (dudo que el fin justifique los sacrificados medios), o regar mis irregularmente cuidadas plantas, o comprar un plano de París y comenzar a trazar itinerarios con tanta minuciosidad y expectativa como cuando preparé mi viaje a Lisboa, o darme de baja en la piscina (primer premio a la estupidez: hace un año y medio que pago y no voy), o llevar a arreglar los pantalones, o escribir un post, o volver a montar, lijar y guardar esas cajitas con las que a veces (y todavía) me entretengo, o incluso --ábrase la tierra, estremézcanse mis medulillas-- librarme definitivamente de la tesis (grandes carcajadas entre el auditorio). De modo que al final no hago ninguna de esas cosas, y la voluntad me acaba por abocar al primer capricho dulcemente improductivo que se pone a su alcance (el viernes por la mañana en casa de M. me leí todos los chistes de Humor de combate).

Pero me voy por las ramas (y no, dos semanas de navegación inmoderada no pueden quedar impunes: comienzo a ser presa de una adicción internáutica que amenaza con acabar para siempre con las pobres ruinas de mi atención). Hablaba de puntada ágil, de ritmo, de vértigo, de un totum revolutum sabio como enumeración caótica en prosa barroca (a mí que me fascinaban las de Borges, y resulta que las de Robert Burton no tienen nada que envidiarle), de un texto con masa gravitatoria, capaz de atrapar en su órbita --precaria y extraviada y descompuesta-- el cúmulo de sucesos que han llenado este último mes y poco. Siempre me ha producido perplejidad el modo promiscuo y abigarrado en que los hechos, las lecturas y los sueños tienen lugar, y la dificultad de este juego probablemente inútil (pero tan aliviador, ya lo decía Onetti) radica precisamente en eso, en perpetrar el inventario sin el pudor al que ni los mismos hechos se atienen. La dificultad, también, es que como una se escantille, puede acabar adoptando el alegre desparpajo con que los telediarios pasan de la noticia sobre el atentado a la sonriente presentación de los deportes, cuando no a Ariel lava más blanco y a su momento All-Bran de felicidad intestinal. Y no obstante, de qué otra manera salvar los restos cuando ya lo son, cuando no poseen aquella integridad que les daba el presente y que los hacía merecedores de una mirada que no se les concedió (la pereza, en ese caso, fue pecado capital). No hay más remedio entonces que encomendarse al tono y embridar con él la perorata. Cómo imantar si no al mismo párrafo las clases de samba (es como si desapareciera, o como me secreteó un día V., la danza es cosa de dioses), los obligados vaivenes de Gurb en su puesto de trabajo (histeria, pisotón y compañía: pero ahora se va a enterar el planeta, que eso sí es autoridad, y no lo que yo ejerzo durante las revisiones de exámenes), el dickinsoniano modo de acertar como un dardo y al mismo tiempo con tanto silencio en el el minuto 13, y sin solución de continuidad --chirriando al rozarse con los brotes nuevos de mi Zygocactus: cómo, cómo pueden ocurrir esas dos mismas cosas en el mismo mundo-- la muerte del padre de N. (como si la vida hubiese decidido acabar pronto y mal con la sucesión de pérdidas a la que todos estamos sometidos), o esas terribles fotos de los esclavos liberados en China (de qué modo encantadoramente cíclico ve el neoliberalismo repetirse la Historia: el exabrupto amargo de Léon Bloy según el cual los negocios son el único esplendor al que debemos sacrificar la vida --y, sobre todo, la vida de los otros vuelve desde el Manchester decimonónico para iluminar el Shanxi del siglo XXI, paradigma completo del progreso cual mandala en que se compendia todo el universo capitalista; el dinero decide limpiamente (non olet) qué países van a reequilibrar los costes de producción de Occidente, y las sucias consecuencias estigmatizan el cuerpo del otro, y además les organiza el chiringuito el hijo de un comunista, oh milagro de conversión religiosa, es cierto entonces que acabó la Historia, alabado sea el Señor). Pero hay más: el chinche vociferoz con su monotema, su anatema y su dilema (uys, perdón, se nos olvidó que nosotros tenemos un Yakolev en la trastienda), los irritantes cambios de temperatura de este julio en que no acaba de estallar el calor insoportable que nos han anunciado (a estas alturas del concierto ya debería saber que a los meteorólogos, ni caso), la sorda iracundia que me provoca esa oda a la irregularidad y el despiporre que todos los días decide elevar TMB por encima del subsuelo (he aquí el vínculo entre la nostalgia del cielo, el transporte público y la psicopatía en las sociedades contemporáneas), el contumaz --e irreductible a indiferencia-- deseo de mi madre de compartir conmigo sus múltiples intereses decorativos y cosméticos, la cortina de la habitación de M. columpiada a los compases de la luz y el aire, la diferencia de graduación entre mi termostato natural y el de mis padres (aquí estoy, sometida al leve frío del aire acondicionado), don Fito Corleone --a veces las conversaciones llegan a un estado de gracia, y entonces baja el Verbo sobre las cabezas de los conversadores y en el Verbo se halla la risa--, el mimo solícito, tierno y gatuso de Gurb, la contumaz insistencia del PSOE por perseverar en el Mal, las quimios de A., que atrinchera su reserva tras la Playstation para desplegar disimuladamente sus antenas desde la galaxia Rogue y atender a todo lo que no parece atender en un lejano hospital de la Tierra, y la espalda de M., arena que ondea bajo cada respiración, territorio tan cálido hallado en la travesía del sueño, o cómo decir lo que los dedos saben.

En fin. 

Quizá, de todas maneras, rescatar aquí los retazos sea tan pecado capital como no hacerlo (vanidad de vanidades: todo es vanidad y persecución del viento); pero como la máquina infernal no descansa, y si no trabaja para componer, lo hace para destruir, mejor echar mano de Burton y darle material a su jugueteo voraz con el mundo, no sea que de otro modo acabe abocada a una de mis murrias. Escribo sobre la melancolía para estar ocupado en la manera de evitar la melancolía: Onetti también conocía esa clase de juego, y como decía el psicoanalista, el niño juega en espera de la madre, el hombre juega en espera de Dios; así que no me sustraigo a mi naturaleza, y en tanto llega el sentido (de cuya falta alertaba el aparatito científico mágico de L.), me dedico a entretener los días con un poco de verborrea.

Con eso, o con otro tanto de Bebel, que me cierra los ojos y me acalla las voces.

 

 

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1 comentario

oscar -

conocí 'la anatomía' en una edición de la asociación española de psiquiatría. en la biblioteca donde trabajo, poblada por libros de dedicados a todo tipo de enfermedades, el tratado de Burton fue toda una bendición, de las pocas lecturas interesantes que he sacado de mi biblioteca. como tus post-its. un besote.
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