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Las malas lenguas

Las malas lenguas Santiago Auserón en el Grec(Agencia EFE)

Oh Dios, nunca me siento tan feliz como cuando el cuerpo se me llena de música.

¿Cuánto corazón es necesario arriesgar en lo que uno hace como para conseguir que la carne de un desconocido que escucha alcance esa felicidad sin fallo, esa felicidad sin fisura, esa felicidad absoluta, esa felicidad imperiosa y primitiva que no tiene agujero negro por donde llegue el desencanto?

Oh Dios, ni los ángeles del cielo ni los demonios del mar separarán jamas mi alma del alma de Annabel Lee. Y la voz de Sheilah Cuffy como un hondo viaje a mis más oscuras minas.
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