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aunqueseaceniza

Vida nocturna

Sueño, durante ni cinco minutos en que me quedo traspuesta mientras escucho la radio (en la cama a las 19.40 de la tarde; todavía no me sucede eso en el sofá, aunque todo se andará), que avanzo de noche entre los árboles de un bosque, hacia un claro donde algunas sombras se han reunido en torno a un fuego.
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Sueño que estoy en San Sebastián, casi en lo alto de un terraplén trabajosamente transitable, frente a una especie de centro cultural. Grupos alternativos celebran una especie de asamblea-yincana. No es que yo participe, pero el caso es que estoy atascada en el problema de superar un pequeño promontorio del que he bajado pero al que ahora, un poco inexplicablemente, no puedo subir.
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Después estoy en la playa, también en un lugar mar adentro al que he llegado pero desde el que no sé volver, porque me pregunto si soy capaz de cruzar a nado la extensión de agua que me separa de tierra firme (ha subido la marea). Estoy sobre un promontorio, y veo el mar ante mí y no me animo. Entonces caigo en la cuenta de que no llevo las gafas puestas. Ponte las gafas, a ver qué se ve, me digo. Me pongo las gafas y a mi derecha aparece un repecho embaldosado como un damero. Sobre él están sentados cuatro o cinco amigos de Lo. Charlan. Tienen los pies en el agua, chapotean. Alguno de ellos lleva gorro blanco y traje de baño a franjas blancas y negras, a la manera antigua. Siento que lo que me separa de tierra firme no es tan grande.
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(Esta mañana, mientras recordaba el sueño, he caído en la cuenta: ¡el Helesponto, el Helesponto!)
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Luego estoy en un pueblo del Oeste, aunque la habitación en que me encuentro se parece más bien a aquella en la que Ben-hur y Esther hablan con las persianas echadas, o a aquella en la que se recorren Lászlo Almásy y Catherine Clifton. B. está de pie, lleva unos pantalones claros; yo estoy sentada en la cama. B. dice: "Apuesto a que querrías casarte conmigo". Lo dice con una sorna deliciosa. Le respondo como quien tiene que contrariar a un niño con delicadeza: "No, B., no me quiero casar contigo". B. contesta: "Bueno, quien dice casarse, dice vivir juntos". A lo que replico con media risa: "No, tampoco quiero vivir contigo". Al mismo tiempo, pienso que querría agasajarme la vida entera con esa piel medio taína.
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Además me paso la noche haciéndome unas cosquillas mansas y dulces como no hacía años.
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1 comentario

oscar -

aaay la vida onírica, qué haríamos sin sus cosquilleos.
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