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Totum revolutum

Totum revolutum

Lorenzo Goñi, La Celestina 

Hace una semana que llevo puesta una pulserita en la muñeca derecha. Es de plata, lo más fina posible (pretendía ser imperceptible), lo más discreto que encontré con la idea de no notarla demasiado --no me gusta llevar pulseras ni anillos, tolero ciertos colgantes (algunos me chiflan) y me encanta combinar el color de los pendientes con el de la ropa)--; pero el caso es que mi loquera (ahora es una loquera, y privada, 80 del ala por visita) me la ha hecho comprar para anclarme (indócil cerebro vacilante cuyas decisiones se dispersan a la menor ventolera). Junto con los oligoelementos, la Onagra, la jalea real y la levadura de cerveza que me recetó la dietista, el jabón y la crema para los párpados, y las flores de Bach --flores para la depresión, flores para el bloqueo mental, flores para la paranoya-- es lo último que ha entrado en mi tan insólito como cada vez mejor aprovisionado laboratorio de la vieja Celestina. De veras: comienzo a creer que mi acúmulo de pócimas, variado y peregrino, fraccionario y aspirante a la totalidad, no tiene ya nada que envidiarle a la cueva de la puta vieja, escombrera de todas las ansiedades humanas, primer collage (llámenlo enumeración caótica, y además preborgiana) de la literatura española, primer lugar en que el mundo se resume amontonando sus fragmentos y proponiendo la abigarrada, estrafalaria y esotérica imagen resultante como única poción aliviadora. (Desbarro y me pongo barroca: perdón; mi vecina me asedia una y otra vez con un disco de Bebe.)

(--Pero dime que el frío no te arredra --dice--. Prométeme que no dejarás de venir por el frío.)

Decía que me entretengo mucho con todos esos potecitos de cristal, sobre todo por las mañanas: con las ampollas, con los extractos liofilizados, con las grageas (de todo eso poseo), con las gasas desechables y los sortilegios ("yo, G., tengo derecho a", "yo, G., no debo hacer esto o lo otro"), vertiendo la dosis medida de White Chestnut bajo la lengua, pronunciando palabras y esgrimiendo cuentagotas con los que pretendo llegar a ese paraje donde crezco y me consumo y vuelvo a crecer sin que yo lo vea ni lo oiga (perdón: sigue sonando Bebe). Algo sucede en algún lugar apartado que me atañe íntimamente y que deja los restos de su estallido --floración de metralla-- en este otro margen donde también me encuentro. "Es cuestión de destruir hábitos --dice Lena--, lo que no hagas en 21 días ya no lo harás más." Ah, bueno, vale.

(--Por qué no me traes un esqueje de tu planta --dice--. Esa que florece una vez al año --dice--. De la que me enviaste las fotos.)

De todos modos, la frivolidad es benéfica. Regar las plantas, despejar el escritorio, ver el cuarto ordenado, contar las gotas de Hornbeam. Más que benéfica: la frivolidad nos salva (gran frase antinihilista y antimisógina, solo que no es mía, se la robo a Yasmina Reza, a quien todo el mundo debería leer --especialmente M., porque de ahí proceden sus principales defectos-- para enterarse de una buena vez de que es despreciable una inteligencia que no nos asiste a la hora del dolor: dónde estaba Spinoza cuando Deleuze se tiró por la ventana). Por ese motivo, por la condición habitable de la frivolidad, sigo jugando a la homeopatía, viendo Los hombres de Paco y hablando en un particular glíglico charnegocatalán con Gurb. Por ese motivo una de mis felicidades es no tener ya los libros y los papeles amontonados sobre la mesa y disponer de una pared entera para ellos. Por eso me desasosiega profundamente --debo de ser conservadora a la manera del ínclito-- tener que andar a salto de mata entre la preparación de las clases, las averías del metro, mi casa y la ventana de M. Porque ahora tengo un ventanal magnífico sobre un patio de Gracia que ya lo hubieran querido para sí Baudelaire de noche y el postcubismo de día, y desde ahí he descubierto las tentativas frágiles a las que se entrega el color cuando las cosas están recién aparecidas a las 8 de la mañana. (Sospecho que solo voy a ver a M. a causa de esa posición clandestina que sobre la desnudez del mundo privilegia su alféizar. M. también lo sospecha, y por eso le preocupa que vayan a edificar frente a su ventana algún engendro que transtorne la caída de la luz. Aunque si he de reconocer el oscuro propósito, la verdad es que sigo yendo porque me he enfrascado en el riguroso y sediento estudio de la navegación de los cuerpos --qué estrella polar imprimirá su rumbo en lo más apretado de la carne-- durante el sueño).

Y además esa manera de no leer para la sorpresa, sino sumergiéndose en un bosque del que se quieren conocer todos los claros y todas las trampas.

Por eso, también --lo digo por primera vez desde hace milenios--, escribo. Sí, escribo, aunque en el sentido que vale la pena bien pudiera decirse que no. Por eso, porque la frivolidad me salva, porque sigo jugando a las brujas y resistiendo a la extinción de los glíglicos, porque reúno aquí como sea posible --con tan poca inteligencia, a poder ser-- los despojos de la última voladura, porque acopio en este lugar de lo que digo los restos con los que he de componer la figura nueva e insensata, estrambótica y múltiple y diversa, rota y aspirante con imprudencia al arreglo, que los mismos escombros me permitan. Al fin y al cabo, no tiene más coherencia ni menos conexiones con el desequilibrio una ordenada sentencia judicial.

Y esto, sin Hornbeam.

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