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Conjunción astral

Conjunción astral Lorena lo dice con cierta frecuencia: el universo conspira. Lo que desde luego no comparto es el inconcebible optimismo promisorio con que ella pronuncia la frase. Porque cuando las estrellas se confabulan a millones de años luz sobre mi cabeza no lo hacen con otro motivo que con el de distraer su aburrimiento de siglos a mi costa. Véase si no el peculiar horóscopo que se ha cernido sobre mi existencia en el curso de los últimos días. Y sí: no acabo de descubrir que una amiga padece un brote psicótico (bendita tarde de jueves en la que escucho atónita sus teorías matemáticas sobre la Verdad Absoluta), cuando un compañero de trabajo, decidido a dar con sus huesos en la verdad descastada de su vida, por aquello de experimentar un momento epifánico, se me cae en la calle a las 2 de la mañana y se me rompe el cráneo. Entre llamadas a unas y otras familias --la hermana de ese compañero se las apaña para ponerme al día sobre la intimidad del tal con notable desparpajo y en tan solo diez minutos (ya no me siento tan sola en mi calidad de indiscreta declarada)--, entre informes de médicos varios, entre ires y venires, desde Manaus llegan noticias de la tormenta tropical que se ha desatado en el ánimo de Gurb, a quien ni los niños exultantes ante la expectativa de que su vecina europea les saque una foto, ni la posibilidad de contemplar la lejana playa de Ponta Negra tras cruzar el desconocido laberinto urbano, ni tan siquiera la certeza de cobrar 1300 € mensuales le compensan de la soledad sufrida durante la compra de un frigorífico. Efectivamente: en estos tiempos todos los filos del abismo se encuentran al borde de una taza, y a menudo una lavadora o un sello en un papel dan la medida de la desolación. Yo no sé si el universo conspira o no; pero de lo que sí puedo dar fe --reflexiono sobre ello de vuelta casa por Gran Via, entre estudiantes de Matemáticas y agentes de seguros-- es de que el efecto mariposa se cumple indefectiblemente: un incremento en la producción de lisozima en las glándulas oculares de un ser humano que reside a miles de kilómetros de Barcelona provoca que en la Ciudad Condal una especialista en flores de Bach tenga que interrumpir su baño de esencias para atender la consulta de una hippy de pro venida a otros menesteres, y aun así acumuladora vitalicia de terapias a la que le ha confiado sus penas y sus nervios la becaria de un departamento universitario que esa mañana ha olvidado hacer unas fotocopias. Del aumento químico al descenso burocrático, el caso es que con objeto de no provocar más alteraciones en el transcurso natural de la existencia propia y ajena, Gurb decide que las noticias sobre su persona ya no van a llegar de Brasil, y se vuelve con los amigos en un vuelo donde conoce a un argentino muy salao. Entretanto mi amiga me informa de que ciertamente ella posee un gen cervantino, y que de las pastillas que la psiquiatra le ha recetado, la primera y la última, vive Dios. Yo escucho atentamente sus afirmaciones sobre la extraña casualidad de que en este año coincidan el centenario del Quijote, la celebración del final del Holocausto, el aniversario de la primera publicación de Einstein y un rebrote de la beatlemanía --el universo conspira, recordadlo--, y mientras ella se queda en casa elaborando un plan geométrico para instaurar la paz mundial, yo tengo que acabar de una buena vez y sin muchas ganas ni mucho acierto mi relato para Luisa. Pero el alivio que siento al ponerle punto final y pensar que, ahora sí, voy a entregar todo el tiempo disponible a la tesis --adiós a la dispersión mental, adiós a la molesta fragmentación de objetivos--, ese alivio, digo, se desvanece cual pérsida cuando un nuevo incidente --la gripe de mi director de tesis, para más señas-- se interpone entre mi frágil disciplina y yo. Es infalible: se trate de las pruebas de un libro que ya corregido acabará por no editarse, de una habilitación de cátedra que me obliga a dar las clases del ausente, o de una hecatombe vírica que escoge mis intestinos para tener lugar (aparte las ineludibles disbauxes sentimentales que me asaltan cada tanto), cada vez que se abre ante mi mesa un tiempo propicio al trabajo llega a ocuparlo cualquier tarea cuyas iniciales dimensiones insignificantes acaban por adquirir la magnitud de una tragicomedia (nunca habría imaginado que unificar el uso de las mayúsculas de un libro pudiera suscitar tanto conflicto ortográfico). Y sí: el universo conspira. Hasta tal punto que este domingo conozco a un tipo guapísimo que me tacha de intolerante y de falta de juicio crítico por causa tan justificada como la de oponerme a la postura que insiste en remover la propia mierda y que erige ese gesto en estandarte de la autenticidad. Como opino que el dolor siempre duele (que se lo pregunten al del cráneo roto) y que la vinculación de la genialidad al sufrimiento es un mito de la modernidad literaria que ha causado estragos y ha producido toda una estirpe de pseudomalditos aferrados gratuitamente a su pose --siempre es útil y elegante absolver la propia mezquindad rezando el Padrenuestro del talento excepcional--, como afirmo que la propuesta vital de Horacio Oliveira está obsoleta --y negada dentro mismo de Rayuela-- desde que Roberto Bolaño mostrara la sordidez moral que también habita en la vida bohemia, como critico que al bien se le niegue la complejidad y la hondura que se le atribuye al mal (cuando precisamente lo más fácil tras el estrago es reproducir el estrago y extenderlo), como no me creo sus disertaciones sobre la lucidez extraordinaria de los seres torturados, como hago todo eso y además lo hago en un tono indignado que me hace quedar como una energúmena malhablada --siempre me pierde la vehemencia--, este niño de cejas larguísimas me compara con Isabel la Católica, y si lo dejo seguir por ese camino, seguro que con Torquemada (yo que creía que mi natural obsesivo y emocionalmente dependiente me acercaba sin duda a Juana la Loca). Y en fin: en tanto que procuro deshacerme del dejo de culpabilidad que me queda tras haber armado semejante discusión cenando en casa de unos amigos --yo y mi enfermiza necesidad de aprobación ajena--, Noemí me apura para que acabe de leer La voz cantante (ah niño-pollo convertido en catedrático de Historia del arte en lucha contra el Diablo) y el módulo de Psicopedagogía del CAP amenaza con acaparar mi atención durante los días que tarde en redactar el balance del curso que nos ha pedido la profesora correspondiente. Ignoro cuál es la estrellita del carajo que me ha metido en esta incesante carrera de obstáculos; pero si algo hay que reconocerle es que trabaja a conciencia, la muy.

Menos mal que la poesía de Cernuda.
Menos mal que la banda sonora de Amelie.

De otro modo, ¿quién se las arregla para afrontar este concienzudo sabotaje cósmico?
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2 comentarios

alhua -

para mí que en lugar de conspirar el universo lo que hace es tomarnos el pelo.

Un beso acompañado de una aspirina efervescente, por si te da dolor de cabeza, digo.

Gurb -

Bueno, hoy por la tarde has podido empezar a trabajar en serio. Aunque sea en lo del CAP... Algo es algo.
Un besote

Noelia
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