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Epifanía, escatología

Epifanía, escatología Paul Gauguin. D'où venons-nous? Que sommes-nous? Où allons-nous? 1897. Oléo sobre lienzo. The Museum of Fine Arts, Boston.

A veces el sentido de la propia existencia se recompone ante nosotros en los momentos más insospechados (a pesar de lo que recen todas las psicoterapias al uso, comienzo a sospechar que solo de ese modo discontinuo y más o menos recurrente en que la imagen del mundo alcanza el inusitado equilibrio compositivo de cualquier cuadro de Gauguin puede uno intuir que quizá no todo es inútil). El caso es que hoy mi madre ha aceptado colocar en el comedor todos los libros que tengo de las colecciones Austral, Cátedra y Alianza, y yo me he sentido la mujer más dichosa sobre la Tierra (cada vez que alzo la vista a esa ringla de colorines formada por los volúmenes de Espasa-Calpe siento una emoción semejante a aquella que me embargara cuando descubrí que en la biblioteca de la UAB sí podía tener acceso directo a toooooooooooodas las misceláneas de artículos de Azorín). Y lo que yo digo: ¿qué carajo tiene que ver esa estampa de plenitud cromática, ese instante de reconciliación con el hecho de dormir --todavía-- en la estrecha litera de mis quince años (¿alguien se acuerda de lo que rumiaba Mrs. Dalloway en la habitación del ático?) , esa satisfacción balzaquiana de haber encontrado en el mundo un espacio para el propio oficio, qué tiene que ver todo eso, me pregunto, con la serie de absurdas imágenes que se han sucedido en mi existencia desde hace un mes? Pese lo que le pese al círculo valenciano de crítica postmoderna (leyendo a otro discípulo de la escuela de Facundo Tomás vuelvo a constatar que la teoría es sugestiva, pero que se estrella contra los ambiguos --e incluso no tan ambiguos-- matices de los textos), hay que reconocer que el único modo de resolver semejante promiscuidad de los hechos es concederle a la epifanía de hoy un decidido valor estético de contraste.

Compárese si no la placidez espiritual que me suscita el vacío que se ha hecho en las estanterías de mi cuarto y el desasosiego alimenticio que me provocó en cambio la última película almodovariana en que yo me encontraba a altas horas de la madrugada con la ex suegra del tipo que me llevó a su casa para escuchar Héroes del Silencio durante dos horas (propósitos menos confesables que debieran cumplirse en ese espacio de tiempo no llegaron a término manque la cama deshecha, los cariños del treintañero divorciado, su borrachera considerable --la lata de cerveza en la mano, siempre diferente y siempre la misma, se acabó convirtiendo en icono incontestable del eterno retorno-- y su mirada embebida sin consuelo en el profundo compromiso con que yo entonaba las canciones: sepa el enanito cabezón que dirige mis películas, que contra sus previsibles argumentos (esta consabida política sexual que aqueja al siglo) ejerzo ahora el inconmovible lema de no mezclar humores con quien por la mañana no quiera acordarse de cómo huelo). ¿Y qué decir del aturdimiento que me invade cuando descubro que Guillén lee sus poemas con la vocecilla reumática de una ancianita adorable? Los alumnos se ríen en clase, eso sí, y por contraste (otra vez la razón estética) yo descubro que José Agustín Goytisolo llevaba el destino inscrito en la voz, y que ciertamente, aunque la noche me haya sido propicia y a la semana siguiente el interfecto haya rehuido mi mirada con el pestañeo azorado de una damisela decimonónica (ser testigo de la debilidad de un pequeño hombre herido hará que él te otorgue un perpetuo temor de Dios) no tenía ese venero agua lo suficientemente generosa como para no temer que al alba continuara la sed igual que siempre. (En la última novela de Luis G. Martín un hombre casado descubre que la mujer de la que se ha enamorado en el curso de unas semanas se ha enredado con él por causas totalmente ajenas al deseo: es una puta contratada por su esposa, celosa patológica, para demostrar que ella tiene motivos para sospechar de él. Pues bien: digamos que a mí siempre me toca ir con la puta.)

Esta vez, no obstante, no ha habido excesivo tiempo para lamentar largamente el escandaloso estado afectivo en que se encuentra el mundo; porque después de una tarde de melancólica meditación en Cernuda (siempre habrá de quedarme el gesto de entregarme a los “Poemas para un cuerpo”), las imágenes del sinsentido han venido sucediéndose con el más absoluto desparpajo: S. se paraliza ante el ordenador del despacho, sin atinar a escribir cualquier cosa que se parezca a una palabra (decididamente, la ansiedad debería reconocerse entre las enfermedades laborales del becario, si alguna vez al becario se le reconociera algo semejante); a alguien se le ocurre llevar al Senado a un catedrático en Psicopatología --que por sus declaraciones debe de ser de la escuela inveterada de Vallejo-Nájera, Santiago y cierra España-- para que insulte a una buena porción de ciudadanos y los devuelva a la pesadilla culpabilizadora de la educación nacional-católica; J. ha acabado, por lo visto, su enciclopedia universal del Derecho, y ha decidido recuperar el contacto con el mundo exterior a través de un e-mail en que exhorta a sus amigos a participar en la resolución de un enigma que a todos nos trae sin cuidado (y en el que precisamente por eso me enfrasco fervorosamente); el director del Barcelona Center for Educational Abroad me comunica que mi curso de septiembre se suspende porque no hay suficientes estadounidenses interesados en Cervantes (bien que hacen: que luego te dan una beca y acabas teniendo que dar clase a los norteamericanos); I. está saliendo de la brutal fase depresiva de lo que acabó por revelarse un trastorno bipolar, y ahora solo es feliz comiendo croasanes de chocolate (el placer siempre vuelve a través de las minucias); el segundo Rubén que me encuentro en mis andanzas nocturnas (cuando yo a quien debería encontrarme es a aquel por quien no tengo la osadía de pisar la biblioteca de Latín; claro que entonces me daba otro desasosiego gastronómico) me come la oreja con el rollo de Bukowsky durante el sueño de una noche del Raval (personajes de doliente consistencia y muñecas tronchadas incluidos), y yo lo perdono porque mientras U. y yo vamos cantando Calamaro por el carrer del Carme, él espera en la puerta de su casa hasta vernos pasar, y solo entonces entra. Pero lo cierto es que mis reticencias ante la artificiosidad del nihilismo urbanita de Bukowsky (del que al parecer también mi niño de las cejas largas es admirador) quedan confirmadas al escuchar posteriormente una historia de boca de mi progenitora: cuando mi madre tenía unos catorce años y vivía en ese intermedio sevillano entre el Raval y La Mina que en los 50 era el Cerro del Águila, cada noche se juntaba con su amiga Rosario para ir a cagar al canal. “Rosario, ¿vamos a cagar?” “Venga, vamos”: ¿tiene algo que hacer la prestigiosa desesperación alcohólico-sexual de los personajes de Bukowsky frente a la espontaneidad escatológica de esas dos adolescentes en un mundo sin sanitarios? Ay, no me extraña en absoluto que haya sido mi madre la que, con un magistral sentido de la armonización estética, haya resuelto la angustiante fragmentariedad de los sucesos viniendo a poner los libros en su sitio.
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