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D.

D. Caspar David Friedrich, Mar de hielo, 1824. Kunsthalle, Hamburg (detalle).

Hace 6 años (Dios santo, 1999, no puedo ni creer que entonces yo existiera) apunté en un diario unas palabras de la Julia de Ana Mª Moix: "Se preguntaba una y mil veces por qué había de sufrir por algo tan sencillo, tan fácil para los otros".  Esta mañana he estado haciendo todas esas cosas minúsculas que entonces eran igual de nimias, pero que la desposesión (ah Emily Dickinson) hacía tan valiosas: ducharme, freír bacon, tomar prestadas unas películas, cantar, mirar la vista sobre la Meridiana después de haber pasado la noche con D.  He recordado a la Moix, y quizá también a Manolo García: "y ahora sopla el viento, cuando el mar quedó lejos hace tiempo; cuando no tengo barca, remos ni guitarra".  La verdad es que estoy exhausta de realidad, y a veces no acabo de saber bien dónde tengo los pies, dónde se encuentra mi júbilo, si es que no vive ya demasiado lejos de mí.  Tiempo, tiempo, un poco de tiempo para aligerarme de todos los pesos, para que pase el frío, para que crezca algo en tierra asolada.

(Si D. sigue siendo tan lindo, si sigue poniendo películas en mi mochila sin que yo lo sepa, algo podrá hacerse.)

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