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Se muestran los artículos pertenecientes al tema y del mucho leer.... FiccionesDurante las clases sobre Onetti, señalo a los alumnos cómo a pesar de ser una novela exenta en la que el segundo nivel de ficción ya se da por supuesto (La vida breve se había publicado en 1950), algún que otro personaje de El astillero tiene sensaciones que implican ese otro nivel ficcional: una mañana, el doctor Díaz Grey despierta y se siente recién depositado en el día que comienza. (Once años antes, Brausen se jactaba de lo inadvertido que permanecía Díaz Grey, mirando el río, sin sospechar que él iba a colocar una mujer frente al doctor de un momento a otro.) Los juegos de la narrativa contemporánea. Ja. Paseando junto al Tormes recuerdo a ese Tomás Rodaja que duerme a sus orillas, depositado bajo un árbol al inicio de la narración que está por comenzar, sin sospechar el despertar inminente, sin conocer todavía la mano del criado que habrá de levantarlo a la historia que le espera. De José BatllóAyer, en la pizarra a la entrada de la librería Taifa: LOS LIBROS TAMPOCO
ValverdeDeambulando por la exposición instalada en el vestíbulo de la Universidad, me entero de que José Mª Valverde, allá durante la postguerra, confeccionaba sus propias ediciones de los libros que no podía comprar. Miro el dibujo de sus letras en la portada del Romancero gitano (que él mismo pasó a máquina), entreveo los dedos en ese trabajo íntimo, doméstico, con la obra de otro; comprendo entonces que decidiese pasar los últimos meses de su vida anotando al margen su lectura de Kierkegaard. Las gallinas del Licenciado![]() Zurbarán, Naturaleza muerta con naranjas, limones y una rosa, c. 1633. Norton Simon Museum of Art, Pasadena (detalle). Se abren los cuarterones de las ventanas en una habitación y de pronto las cosas más sencillas que en ella reposan --una bolsa de muaré, el cristal de las copas, el color tostado de unas yemas-- revelan un esplendor pequeño y tranquilo que silenciosamente se ofrece al mundo. Como si esas habitaciones en las que entra la luz fuesen una imagen de lo que la palabra puede albergar y cómo, aparecen en ellas los objetos desnudos y atenidos a sus líneas esenciales. Una callada presencia suficiente: las cosas recogidas con su secreto, pero sinceras y disponibles a la vista del que las quiera ver. A vueltas con... Pensando en el final de Las gallinas del Licenciado, donde el comerciante de plumíferas dice que las cuentas que tocan al alma no son para "arabescos de escritores" ni para "escrituras de enredo y palabreo", pensando en cómo la novela de Jiménez Lozano propone, en las memorias cervantinas dictadas a un simple escribano, una palabra silenciosa y al margen del poder que recoja el secreto frágil de las cosas y las intimidades heridas ("es que hay seres así pisados en el mundo, Catalina"), recuerdo la voluntad de Pasavento de "captar el destello de la vida plena e inexpresable, no sofocada por el poder". Y se me ocurre entonces --ni que la idea fuese mía: véase Julia Kristeva-- que ahí está el problema del pseudo-Pynchon y de toda propuesta semejante: que no hay lenguaje al margen del poder (y menos cuando ese lenguaje se imprime por encargo de Anagrama o Seix-Barral), que toda poética --por subversiva que sea, o sobre todo cuanto más lo sea-- supone una forma de prestigo en un determinado círculo. Aunque ese círculo sea el de los malditos, o sobre todo cuando lo es.Y tresEs conveniente que la misma secreta ironía que recorre las páginas de Walser se aplique como criterio de lectura a Doctor Pasavento y a la consideración de su personaje; porque de otro modo, el conjunto es una visión complaciente del malditismo artístico, una vuelta de tuerca al más que manido nihilismo que postula el silencio pero que aprovecha todas las prerrogativas de la palabra. O por lo menos corre el riesgo de ser interpretado de tal modo. Porque lo malo es precisamente que no estoy segura de que las estrategias de la novela propicien siempre esa mirada irónica: en muchas ocasiones, las incoherencias, las travesuras para épater le bourgeois (que en realidad encantan a le bourgeois a causa de ese insoslayable mecanismo de asimilación por el que la clase media desustancia cualquier gesto irreverente y lo convierte en signo de estatus), los patéticos intentos de desmarcarse de la infame turba por parte del personaje narrador, todo eso, digo, parece más de una vez un programa realmente defendido. Y entonces ya no es que el narrador quiera ser nadie (no habría voz y no habría novela si así fuera): es que quiere sentirse mejor que nadie. Esgrimir el anhelo de anonimato como una prueba de superioridad moral convierte una metáfora de la creación literaria --entendida como búsqueda de un territorio liberado de lo público donde lo más auténtico del yo, o la verdad, o su “callejuela real, húmeda, oscura y estrecha” puedan aflorar-- en artificio para distinguirse aristocráticamente. Pero de distinguidos bohemios está la calle llena. El programa de la vanguardia artística ha muerto de éxito indiscutible, y los doctores Pasavento pueblan hoy las facultades de Filología, de Filosofía o de Bellas Artes (el gesto de este pseudo-Pynchon en los lavabos del Lutetia se repite diariamente en las universidades, de modo que, si ese es el criterio creativo, no todo está perdido en este país, mi querido doctor). Puedo dar fe, sin embargo, de que esas originales cabezas manejan con soltura inusitada el tópico al uso (siempre y cuando el tal convencionalismo derrame sobre ellos aroma de dadá), y de que sus vidas se sostienen sobre un sentido del cálculo, una habilidad social y una facilidad para el desapasionamiento respecto a lo que no conviene al tamaño de sus egos, que ya las quisiera para sí cualquier Diego Corrientes. Resulta que hoy la gesticulación baudeleriana justifica toda una serie de miserables rutinas morales tan burguesas como aquellas que el dandysmo pretendió socavar. Y yo ya estoy hartita de humo, qué quieren que les diga. La novela se salvaría en la carcajada estrepitosa del novelista respecto a lo que dice su personaje. Pero es que no se la oye más que con la boquita pequeña. Como diría mi madre. Doctor Pasavento![]() Bueno. Está bien. Convengamos en que es hermosa la muerte de Walser en la nieve (el último micrograma en medio de una blancura afilada y fría). Pero el mérito de eso es de Robert Walser, qué duda cabe. Todo lo demás ya lo dijo Paul Valéry en cinco o seis líneas. Pffff...s O pianistaO pianista que gostava de tocar outro instrumento e sabe que não pode voltar a ter cinco anos e aprender clarinete ou violoncelo. Que vê o piano como uma guilhotina. E toca piano sublimemente. l Pedro Paixão, Nos teus braços morreríamos,
Michel![]() No hay cosa más reveladora cuando uno está leyendo El inmoralista que llegar al final del segundo capítulo de la segunda parte del libro y descubrir en el cuerpo de Marceline que Michel es un impostor de los más burdos. Pues hasta ahora todo había sido hermosamente nietzscheano: la enfermedad como metáfora de la renovación, rito de paso tras el cual ha de nacer un hombre libre de los envaramientos impuestos por una cultura alejada de la vida; el deseo de intensificarla, de encontrarla nueva y más plena en todas aquellas facultades humanas que la civilización mantiene reprimidas; la defensa contra tendencias uniformadoras de la propia voz, de aquello que distingue a cada uno respecto a los demás y lo hace único. O lo que el propio Michel llama "aquel esfuerzo a favor de la existencia". Pero al llegar al punto en que Marceline queda postrada por la tuberculosis que el propio Michel --no se olvide el precioso detalle-- le ha contagiado, ah señores, entonces ya no es la enfermedad el lugar de todas las potencialidades y los descubrimientos, no. En Marceline no contempla Michel la posibilidad del mismo proceso renovador que ha tenido lugar en él, y desde su mirada aparece ella como "una cosa deteriorada", una depositaria del paso corrosivo del tiempo, comparable a todos esos objetos --los aguafuertes, las alfombras, las copas-- que manchados tras las fiestas de sociedad ponen de manifiesto "el horrible desgaste de las cosas". A partir de aquí, la inconsistencia de Michel se hace cada vez más irritante. El que quería ir al encuentro de su libertad, el que en las sensaciones de su cuerpo daba voz al prodigio de la vida, acaba convertido en un descafeinado de sí mismo que ni come ni deja comer, que no termina de despojarse de lujos asiáticos por mucho que aspire al vagabundaje, bohemia de pacotilla y bolsillo lleno muy propia del yuppie metido a hippie. Quien había querido intensificar la vida --ah esas emociones tan agudas que solo los fuertes pueden resistir-- se encuentra finalmente con las antenas del deseo insensibilizadas. Y en efecto, Michel solo puede disfrutar de lo intacto, es decir, de nada. Todo lo atravesado por el tiempo es para él indigerible. Cuando al volver a Biskra reencuentra a los niños que habían hecho sus delicias durante la primera estancia, Michel queda horrorizado: ahora son carniceros, exconvictos, lavaplatos; han engordado, les falta un ojo, son feos. (Oh niñatito hipersensible: qué antiestético es tener estómago sin tener dinero). A Michel, por supuesto, se le caen los palos del sombrajo: su incapacidad para no amar más que lo incontaminado, más que una superficie en la que no se reconoce historia alguna ni el valor de esa historia y de la persona que la carga consigo irremediablemente, es perfecta y terrible. Y lo mejor del caso es que encima se justifica en un discurso de superioridad moral. De nuevo la pista la ofrece Marceline, al señalarle a Michel las limitaciones de su teoría sobre el mundo: "Pero suprime a los débiles", le dice rozando la clave. Y no, no es del todo así: no suprime a los débiles; les supone --como hace con ella-- la imposibilidad de ser fuertes, desprecia como debilidad todo aquello que no entiende (dudo mucho que la Sonechka de Dostoyevski pueda ser calificada de débil, y sin embargo estoy segura que tanto Nietzsche como Ménalque la tacharían de tal). Aquí "débil" es el calificativo mediante el cual se le impone al otro la incapacidad de ejercer una libertad equiparable a la propia: es un modo de aristocratismo que para afirmarse necesita de la pretendida vulgaridad ajena. Y no obstante, va a ser el aristócrata, el perseguidor de la dicha que los demás desconocen --pobres ovejas--, el que acabe sumido en un aburrimiento insoportable del que ni siquiera lo aliviaran sus exóticos escarceos sexuales. Cuánto recuerda este Michel a sus excelsos descendientes, protagonistas de Las partículas elementales o Plataforma. Cuánto acierta Houellebecq al someterlos a la mirada desmitificadora de lo grotesco y señalarlos como el fracaso del proyecto superhombre.
Farrapos Foi assimQue o tempo parou Num lugar em mim Que p’ra ti ficou De Lénutchka nada voy a decir porque bien evidente es; pero como demuestra el trabajo que el narrador se toma para trasladar al delicado Dragón Feo de las siete cabezas musicales desde su isla hasta Villasanta de la Estrella, o como hace el obispo Sisnando al enterrar a doña Esclaramunda de Bendaña en el centro de un laberinto que bajo la catedral reproduce las formas de una confesión amorosa, en estos Fragmentos de Apocalipsis las palabras son el material con que se funda por amor al personaje un mundo sin el cual aquel no podría vivir, ni el narrador ofrendarle el tierno, irónico y absurdo refugio que ha construido con los restos de una Historia naufragada. Hipersensibilidad Llevo cuatro años haciendo encaje de bolillos para elaborar alguna explicación coherente sobre la tortuosa deriva ideológica de Azorín, y ahora que se me acaba la beca descubro en un artículo de Joan Maragall ("Artículo sentimental", en el Brusi del 12 de marzo de 1903) que la única aproximación posible y rigurosa hay que hacerla por vía emotiva:"Soy conservador porque detesto la inquietud y el ruido". Hiperestesia y política. Yo no lo habría dicho mejor. Y la luz se hizo Salvador Dalí, Raphaelesque Head Exploded. 1951, colección privada.Es absolutamente fantástico --el clik mental siempre es milagrosamente nuevo y sorprendente cada vez que se produce-- cuando el crítico al que lees tiene suficiente aliento como para que su mirada sobre la poesía machadiana ilumine también el paisajismo de Azorín o la concepción temporal de cierto Valle. (Ha sucedido hoy a las 13:54 con Claudio Guillén y sus Teorías de la Historia Literaria.) Él Espino© 2002 Gotolatin.com Soy una perezosa del carajo y hoy descubro que no tengo perdón de Dios y que nunca, nunca, nunca, debí dejar mi lectura sistemática de Cernuda, mi niño ríspido del alma, mi deimon, mi exiliado en el deseo, mi conciencia de que toda plenitud está entreverada de amargura, mi poeta airado y la sombra en que afirmarme: No eches de menos un destino más fácil. Sobre ínfulas intelectualistasPosible respuesta al 12 de febrero de 2005: "la sabiduría es una opción del individuo, no una obligación colectiva" (de Josepa Vilurbina, única de la que he sacado algo en limpio con todo esto del CAP). Tempus fugit Hay en Perfil del aire una relectura del carpe diem garcilasiano donde se afina la sensibilidad torturada ante el poder destructor del tiempo: no es que las rosas ya no puedan cogerse mudada la edad; es que la edad muda a cada segundo, y en su carrera vertiginosa hace impensable cualquier perdurabilidad de la plenitud. Lo lacerante, en Cernuda, es que esa conciencia de lo fugaz ni siquiera puede resolverse en tópico moral (coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre); porque la misma posesión del instante presente está envenenada por la agonía temporal: ¿De qué nos sirvió el verano, / Oh ruiseñor en la nieve, / Si solo un mundo tan breve / Ciñe al soñador en vano? Cernuda pasa por Garcilaso caminando hacia Manrique (ah el XX y sus aceleraciones): en esa vuelta de tuerca al curso de la tradición poética, Perfil del aire abandona toda voluntad de aprovechar engañadamente el momento, y es por ese despojamiento de paños calientes que en el libro solo queda el pálpito constante del deseo cuya realización niega el tiempo:Cuán lejano todo. Muertas Las rosas que ayer abrieran, Aunque aliente su secreto Por las verdes alamedas. Los últimos Voces que se resisten a morir: eso es la tradición (y así la entiende, por ejemplo, un libro como Cuaderno de Nueva York). Ocurre, sin embargo, que rescatar los frágiles susurros de entre el olvido se consideraba antes empresa de salvamento colectivo. Ahora, no me atrevo a afirmar si para bien o para mal, la transmisión de esas voces se está volviendo a convertir en un rito para iniciados, para miembros secretos de una secta que cuchichea en algún rincón lóbrego de un pasillo universitario, que en madrugadas solitarias arrastra sus peregrinos pensamientos por algún andén del metro, que comparte un lenguaje antiguo y oscuramente encendido cuyo rumor ha de perderse en las sombras.Xavier Pericay: La extinción del profesorado Oh ruiseñor en la nieve Está Cernuda bebiendo del influjo valéryano en la poesía española --a través de Guillén y de Salinas, grandes popes que marcan el paso de los más jóvenes con esos poemas a los que, según frase certera de Julia, se les ven todas las aristas--, y aun haciendo sus primeros pinitos en la poética al uso, no puede menos que sentir frío. Sí señores: Cernuda siente frío entre tanta claridad y tanta cosmogonía y tanto pleno mediodía. Se ha dicho que Perfil del aire, del 27, fue una obra guilleniana (opinión que cabreó indeciblemente a Cernuda, por cierto); y sin embargo la ética que sostiene el primer libro del poeta sevillano no puede formularse sino como una contestación a Guillén: ’que sí, que sí, maestro, que la existencia es hermosa y la creación es perfecta y que el cosmos gira armónica y pitagóricamente; pero que mi reino es de este mundo --aunque en este mundo yo sea el exiliado--, que si "la tierra gira" lo hace dentro de un ritmo impalpable a no ser que se lo escuche en el latido humano, que "soy memoria de hombre" y "luego nada", que si la vida destila esa plenitud de perfiles metafísicos, yo me pregunto por el labio concreto que será motivo de mi celebración, y que por tanto te dejes de historias y me muestres el cuerpo en que amaré la realidad’. Ese impulso irrenunciable explica la incomodidad de Cernuda al marchar por los cauces del primer 27, aquellos que se proponían tender una red formal químicamente pura a la intuición poética para sustraerla al paso del tiempo (con el riesgo de entregarla para siempre a los dominios de lo glacial). Ese impulso explica también que Cernuda se encontrase después a sus anchas en el lenguaje surrealista. De ese impulso y de su frustración surge inevitablemente --y el adverbio no es gratuito-- toda la poesía cernudiana.El cuerpo de la pobreza Isidre Nonell, Reposo, 1902. Museo de Arte Moderno del MNAC, Barcelona.Las gitanas de Nonell. La rotundidad del cuerpo en un sentido muy distinto a aquel en que Manet lo plantea con Olympia, donde la impiedad de la luz revela cómo a la altura del XIX la burguesía europea había extraviado el legado cultural del Renacimiento en algún prostíbulo de París. En Nonell, en cambio, es la densidad grávida del color la que descubre al cuerpo como volumen trágico, resignado a su propio peso, entregado sin resistencia a la miseria de tan solo poseerse a sí mismo. El cuerpo como un fardo que acumula siempre la misma porción de tiempo silencioso y reconcentrado, el mismo pedazo inerme y pobre y despojado de barro originario. Todo esto a propósito de unos versos de valter hugo mãe: gente de lã, golas manchadas, um cobertor pelas costas no fundo do dia, a noite e a oração, deus nos perdoe a ferocidade, a dor tão profunda, a comida mal servida, o vocabulário dos filhos, a virtude e o cheiro das raparigas, o asseio da páscoa, a pressa do terço e a maldição do seu nome dormem pedras fechadas tombadas no silêncio como en sustento (Perpetro una traducción: gente de lana / gargantas manchadas, un cobertor por la espalda al fondo del día, la / noche y la oración, dios nos perdone la ferocidad, el dolor tan / profundo, la comida mal servida, / el vocabulario de los / hijos, la virtud y el olor / de las muchachas, el aseo de pascua, la / prisa del rosario y / la maldición de su / nombre // duermen piedras cerradas / tumbadas en el silencio como en sustento. De tres minutos antes de a maré encher, Vila Nova de Famalição, Edições Quasi, 2004, p. 10.) La novela Mª Helena Vieira da Silva, Biblioteca en llamas, 1970-1974. Centro de Arte Moderna. Lisboa.Tengo un amigo al que no le gustan las novelas. Dice que para que le hablen de cómo funcionan los seres humanos no es necesario que le expliquen el rosario de peripecias que le acontecen al protagonista. Que para eso se lee el libro de un psiquiatra o de un sociólogo. Pero yo digo que el privilegio de la novela es absorber todos esos discursos --el psicológico, el sociológico, el antropológico, el médico, el económico-- y hacerlos carne. Que no hay libro de sociología capaz de que un lector comparta íntimamente --que es la única manera de comprender: con los propios huesos-- la experiencia de cómo lo público penetra hasta lo más recóndito de lo privado y acaba destruyendo la vida individual, tal y como lo consigue, un poner, Otra vez el mar. Que no hay tratado de psicología que pueda hacerle palpable a un lector la indefinición irreductible a palabra de algunos sentimientos, como lo logra La Regenta. Que lo que en el libro de un economista es una teoría seca, en la novela se trenza vivamente con el cuerpo del personaje. Y eso que la palabra perro no muerde... El humorista del Palace Un tipo que rechaza un sillón en la Real Academia alegando que lo que él necesita es un faro, es un gran tipo. Pero un hombre que por segunda vez elude el sillón académico bajo excusa de que lo que el necesita es un piso, eso, señores míos, eso linda ya con la genialidad. Si además se tiene en cuenta que el tal personaje hace esa declaración a la altura de 1952, no puede uno menos que sacarse el sombrero ante el cerebro preclaro de Julio Camba. Yo a Camba lo conocía tan solo de nombre, por unos artículos que me encargaron buscar una vez en Las Noticias de Barcelona, y que (creo recordar) finalmente no encontré. Nunca lo había leído; pero después de hacerme con La casa de Lúculo concluyo en que el libro es una delicia: hay en él un vientecillo que se ríe y que entra y sale constantemente por entre las palabras (iba a decir versatilidad, iba a decir fluidez, pero he preferido la idea del oxígeno), y que las mantiene siempre ventiladas, impidiendo que el tiempo las corrompa. Hay también la ironía del hedonista que de joven durmió sobre los parques del Retiro y de viejo acabó sus días en la habitación más barata del Palace (favor personal de Juan March, banquero él), habiendo recorrido medio mundo en el entretanto: ser corresponsal de prensa, es lo que tiene; forjar un humorismo de cuño novecentista, a la altura de las caricaturas de Bagaría y anticipador --la tradición filológica catalana me perdone-- del de Pla, también. Gallego él, a Julio Camba sin embargo hay que imaginárselo en pleno Mediterráneo y a punto de descubrir la verdadera razón de ser de la herencia griega: coger un cogollito tierno, echarle un chorreoncito de aceite y comérselo con los dedos, celebrando la milenaria tradición de los sabores (saberes) esenciales y encontrando en ella un dique a las aguas del tiempo. Eso es, condimentado con una ingravidez prodigiosa para la voltereta argumental, La casa de Lúculo.Casa-Museo hermanos Camba La larga sombra de la tradición Releyendo Doña Perfecta para preparar las clases sobre Galdós, reparo en las palabras con que el canónigo don Inocencio sintetiza la visión que el pueblo entero de Orbajosa sostiene sobre el liberalismo progresista en la España del momento:"Verdad es que si vamos a mirar atentamente las cosas, la fe peligra ahora más que antes... ¿Pues qué representan esos ejércitos que ocupan nuestra ciudad y pueblos inmediatos? ¿Qué representan? ¿Son otra cosa más que el infame instrumento de que se valen para sus pérfidas conquistas y el exterminio de las creencias, los ateos y protestantes de que está infestado Madrid?... Bien lo sabemos todos. En aquel centro de corrupción, de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe..." Y bien: ¿no recuerda esto a aquello otro de "los agentes profesionales de la subversión comunista en contubernio con el complot judeo masónico liberal en lo social"? ¿No hay aquí la misma reducción grotesca de la ideología contraria al burdo espectro de los come-curas y los destructores de esencias momificadas? Se ha dicho que Doña Perfecta falla como novela por el hecho de que sus personajes son puros símbolos ideológicos que no poseen la vitalidad humana de los de Fortunata y Jacinta, Miau o Misericordia. Es cierto. Pero lo que no se le puede negar a Galdós en este caso es el ojo profético. Porque el hecho es que esas mentalidades rígidas que pretendían regir el mundo a golpe de principio indiscutible --ah, la voluntad de poder-- existían aunque fueran un caso de inverosimilitud humana inserto en plena realidad, y que 60 años después de publicada la novela tuvieron su oportunidad de explayarse a gusto con el país. Bien dice Ricardo Gullón que "la tradición está viva en doña Perfecta". |
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